El presente informe es claramente un trabajo que pretende desacreditar la homeopatía; sin embargo he querido incluirlo en su totalidad, por que llama la atención en aspectos, algunos de ellos muy arraigados en el discurso de los homeópatas, que solo hacen daño a la terapéutica homeopático: por ejemplo, el constante ataque que algunos hacen a la mal llamada "alopatía".

El informe al paracer fue escrito por diferentes personas, ya que es posible distiguir en él, capítulos muy interesantes, donde se realiza una crítica sería y desapacionada, junto a otros, donde el estilo intenta ser mordaz, pero resulta en algo carente de seriedad, lleno de afirmación inexactas, que quitan credibilidad al escrito.

He marcado en rojo algunos puntos que creo interesante de considerar y discutir, y con azul, algunos comentarios al margen que no he podido evitar.

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La Homeopatía: Historia, Descripción y Análisis Crítico

Carlos Tellería, Victor J. Sanz y Miguel A. Sabadell
Informe realizado a petición del Institut d’Estudis de la Salut
Departament de Sanitat i Seguretat Social
Generalitat de Catalunya

INDICE


Origen y postulados de la homeopatía

La Homeopatía, como terapia médica, fue creada por Samuel Friedrich Hahnemann (1755-1843). Hahnemann nació en Meissen (Alemania) y estudió en Leipzig, Viena y Erlagen, graduándose en 1779. Durante los primeros años de su profesión no ejerció la medicina clínica, sino que se dedicó a la traducción de obras médicas y lingüísticas.

Las primeras ideas sobre la homeopatía surgen cuando traduce un libro de Cullen, la “Materia Clínica”, en la que se describen los efectos de la quinina en la curación de fiebres intermitentes. Hahnemann comenzó a investigar el fenómeno descrito, autoadministrándose dosis masivas de quinina, y experimentando su reacción. Los efectos observados en su propio organismo fueron precisamente los típicos de un estado febril, lo que llevó al médico alemán a asociar los síntomas producidos por la sustancia en un individuo sano, con sus efectos sobre un enfermo con idénticos síntomas.

En 1810, Hahnemann publica su obra fundamental, “Organnon der Rationellen Heilkunde”, en la que define y precisa la ley de similitud, según la cual:

1.-Toda sustancia activa farmacológicamente, provoca en el individuo sano y sensible un conjunto de síntomas característicos de dicha sustancia.

2.-Todo individuo enfermo presenta un conjunto de síntomas que caracterizan a su enfermedad.

3.-La curación se puede obtener mediante la administración de una pequeña cantidad de la sustancia cuyos efectos sean similares a los de la enfermedad.

Este principio básico de la terapia desarrollada por Hahnemman es el que ha dado nombre a la misma. Homeopatía significa “curar con lo mismo”, es decir, curar con aquello que enferma de igual manera al individuo sano.

El proceso que siguieron a continuación, tanto él como sus seguidores, fue el de confeccionar una relación de sustancias activas, anotando cuidadosamente los síntomas que cada sustancia producía al individuo sano. Este proceso es el denominado “patogenesia”.  De esta manera, bastaría consultar esta relación de síntomas y sustancias activas para, dado un cuadro sintomatológico concreto, saber de inmediato qué sustancia se debería recetar al paciente.

En el ejercicio y desarrollo de esta disciplina, Hahnemann y sus discípulos observaron que, en algunos de los procesos, existía un agravamiento de los síntomas de la enfermedad antes de su curación, cuando ésta se daba. Observó también que ciertas sustancias muy tóxicas administradas a animales hacían que éstos describiesen cuadros clínicos muy característicos, y que en muchas ocasiones conducían a la muerte del animal. Así, por ejemplo, el arsénico administrado a ratones, provocaba en éstos una serie de espasmos similares a los asociados a cuadros epilépticos. Reduciendo las dosis, se podía llegar a reproducir los espasmos, pero sin causar la muerte al animal; y reduciéndola más aún, se podía conseguir que el animal apenas mostrase síntoma alguno.

Esta serie de observaciones condujeron a Hahnemann a suponer que, cuanto menor fuera la dosis administrada al enfermo, más rápida y eficaz sería la curación, desarrollando así el segundo principio básico de la homeopatía, conocido como principio de las dosis infinitesimales. Cualquier producto que se elaborase para administrárselo a un paciente, de acuerdo con la teoría homeopática, consistiría en una pequeña porción de la sustancia activa, prescrita de acuerdo con la materia médica, y diluida sucesivamente hasta que prácticamente no quede sustancia activa en el preparado.

La única explicación lógica que podía buscarse a este principio era que, en el proceso de dilución del principio activo, el medio en el que se diluía éste —normalmente agua— fuera capaz de “memorizar” las características del agente activo, pero evitando su toxicidad, ya que aquél desaparecía. Suponiendo cierto esto, para que el tratamiento fuera más eficaz se necesitaría agitar vigorosamente el preparado durante su proceso de dilución, de manera que todas las moléculas del disolvente entraran en contacto con la sustancia activa. Es lo que se conoce como dinamización, y exige no sólo una intensa agitación del preparado, sino también que el proceso se realice en sucesivas fases de dilución 1/10 ó 1/100. Es decir, disolviendo sucesivamente una parte de la mezcla original en 10 ó 100 partes de disolvente respectivamente, repitiendo a continuación el proceso. El número de repeticiones efectuadas determina la potencia de la disolución, en decimales (o centesimales) hahnemannianos: DH (o CH).

Una última ley de la homeopatía se denomina Ley de la Individualización, y de acuerdo con ella los homeópatas hacen suyo el viejo aforismo de ‘no hay enfermedades sino enfermos’. Todo estudio sintomático y todo remedio homeopático deben confeccionarse exclusivamente para cada paciente, y no tienen sentido los remedios generales. Esta ley es la que con más frecuencia ignoran los homeópatas, y la que, en cualquier caso, permite justificar cualquier posible fracaso de un tratamiento determinado o de un estudio clínico. No impide, sin embargo, que los homeópatas refieran aquellos estudios clínicos que sí les dan la razón.

Justificación histórica

En medio del ejercicio de la medicina propia del siglo XVIII, la homeopatía fue muy bien acogida, y se generó una vasta literatura sobre la misma. Esta acogida se explica en parte porque los remedios homeopáticos eran infinitamente menos agresivos que los utilizados por los médicos de la época. En aquellos años eran muy utilizados métodos como las sangrías, tratamientos con sanguijuelas o terribles dietas debilitantes. Se llegó al punto en el que algunos médicos aseguraban que “la mejor medicina consiste en no hacer nada”.

Cuando los avances médicos permitieron el desarrollo de técnicas curativas menos agresivas que las enfermedades, este nihilismo médico dejó de tener sentido, y la homeopatía comenzó a declinar. En el siglo XX la homeopatía fue lentamente olvidada, hasta su relativamente reciente resurrección, por causas que intentaremos analizar más adelante.

Vis Natura Medicatrix

Para Hahnemann, el organismo posee un principio o energía vital (el arqueo de Paracelso), cuya función, en estado normal, consiste en regular todo el organismo proporcionándole una capacidad natural de autocuración. Es lo que Hahnemann denomina Natura Medicatrix. Cuando esta energía vital se desequilibra, el organismo enferma. Según Hahnemann, bastaría un pequeño impulso para “activar” el proceso de autocuración del enfermo.

Desde esta perspectiva, la etiología de las enfermedades carece de importancia. De nada sirve conocer las causas de un mal, si es que éstas existen, pues el origen de la enfermedad reside en un desequilibrio de la energía vital del enfermo, y la curación debe obtenerse restableciendo ese equilibrio. Según Hahnemman, “no hay necesidad de atascarse en argumentos metafísicos o escolásticos acerca de la insondable causa primera de la enfermedad, ese caballo de batalla del racionalista”.

El desequilibrio causado en el organismo puede ser de distintos tipos, pero esta caracterización no tiene por qué depender de los distintos agentes patógenos. Lo importante a la hora de buscar un remedio es determinar en qué sentido se ha producido el desequilibrio de la Natura Medicatrix, y éste viene determinado exclusivamente por los síntomas de la enfermedad. Así, dos enfermos con idénticos síntomas deben ser tratados de la misma manera, aunque las causas de sus enfermedades sean distintas.

El principio lógico fundamental causa-efecto no es aplicable para Hahnemann a los procesos patológicos y a su curación. La base de su planteamiento es de carácter filosófico, y tampoco es original del médico alemán. Para entender su filosofía habría que remontarse a las teorías de los sofistas griegos y a las doctrinas de Hipócrates y Galeno. Más aún, para Hahnemann no existe causa de la enfermedad, y si existe es esencialmente incognoscible. Sus propias palabras constituyen un rechazo de la ciencia como forma de conocimiento, fenómeno éste muy frecuente en toda una serie de doctrinas y disciplinas actuales que se ubican a sí mismas “en las fronteras de la ciencia”.

El único proceso de carácter investigativo en el ejercicio de la homeopatía es el denominado estudio patogenético. Este estudio consiste en la ya mencionada suministración de distintas sustancias a un individuo sano, para observar si los síntomas producidos son iguales a los de la enfermedad que se desea curar. Cualquier estudio que no sea éste y el análisis estadístico que les permita valorar sus éxitos, jamás será referido en la literatura homeopática.

Crítica homeopática a la medicina científica

Tanto los partidarios de la homeopatía como de cualquier otra terapia médica no-científica, critican frecuentemente a la medicina científica, oficial o “alopática”.

El término “alopática”, con el que frecuentemente se refieren a la medicina científica, procede de una mera contraposición al término “homeopática”, y supone una generalización de los planteamientos simplistas en los que se basa la homeopatía.

Para los homeópatas, sólo existen dos formas de atacar a una enfermedad; con lo mismo, “por simpatía”, mediante aquello que se orienta en la misma dirección que el mal, y con el contrario, “por antipatía”, mediante aquello que se opone al mal directamente. Ellos optan por curar con lo mismo (homeo = igual), y suponen que la medicina oficial opta por curar con lo contrario (alos = distinto).

Sin embargo, esta distinción que podía ser válida en las teorías hipocráticas e incluso en las mantenidas hace dos siglos, carece totalmente de sentido en el marco de una medicina desarrollada a la par que la tecnología e investigación modernas, y en el marco del método científico.

Para la ciencia, todo efecto tiene una causa, independientemente de que en un determinado momento sepamos cuál es ésta. Todo el método científico va orientado a conocer la naturaleza en base a las relaciones causa-efecto, o al menos a modelizarla, de manera que nos permita utilizar las causas en nuestro beneficio, y predecir sus consecuencias. Así, en el caso de la medicina científica, ésta tiende a conocer todos los procesos que ocurren dentro del organismo, a fin de conocer las causas de los males, y describir aquellos tratamientos que puedan atacar a la propia causa o a sus síntomas según las posibilidades o la conveniencia. En unos casos habrá que tratar o prevenir una enfermedad con lo mismo que la causa, siempre que eso desencadene una serie de mecanismos que permitan combatir la enfermedad; otras veces el tratamiento se diseñará en base a un “contrario” específico, y otras ni con lo uno ni con lo otro. La diferencia entre medicina científica y homeopatía —o cualquier otra terapia alternativa— no estriba sólo en el tratamiento, sino también en la filosofía y el método. Así, los homeópatas se jactan de que sólo ellos tratan “causalmente” la enfermedad, consiguiendo, por tanto, una “verdadera y profunda” curación. Dicho de otra manera, únicamente la Homeopatía es capaz de atajar la auténtica raíz causal del proceso patológico, mientras que la Medicina Científica se limita a curaciones parciales y sintomáticas, o lo que es peor, a producir perniciosas e incurables iatrogenias (que es lo único que hace la “alopatía” para Hahnemann). Pero, como detallaremos más adelante (Págs. 52 y 60), la Homeopatía ni diagnostica verdaderamente ni trata causalmente las enfermedades. Nos hallamos ante un mero juego de palabras, es decir, un puro y simple engaño.

Otra de las críticas que más frecuentemente se hace a la medicina “oficial” es su despersonalización. Se dice que atiende a las enfermedades, pero no a los enfermos.

Tal como comenta Jorge Alcalde (Muy Especial -monográfico medicina-, 1996)

“A nadie se le escapa que la medicina moderna es insustituible, entre otras cosas, en el tratamiento de enfermedades agudas, en la terapia preventiva, en el cuidado de emergencias y en el cada vez más avanzado mundo de los trasplantes. No obstante, entre la comunidad médica parece hacer mella la idea de que sus servicios flojean en otras situaciones, especialmente en aquellas enfermedades que requieren un tratamiento largo, sostenido y apoyado por el refuerzo psicológico del paciente. El sistema médico actual, sobrecargado e impersonal, carece de la infraestructura necesaria para atender al enfermo de manera individualizada”.

Esto es cierto, pero sigue sin ser un argumento válido en contra de la medicina científica y a favor de la homeopatía —o cualquier otra terapia similar—.

En primer lugar, hay que tener en cuenta que la situación actual del sistema sanitario público es consecuencia directa del proceso de socialización llevado a cabo en los países desarrollados, y que garantiza una sanidad pública y gratuita para todos los ciudadanos. Es un elemento más de lo que últimamente los políticos gustan en llamar “sociedad del bienestar”, y al que no creo que haya nadie dispuesto a renunciar. Las únicas soluciones al problema de la masificación pasan por aumentar la dotación presupuestaria a la sanidad —cosa que no siempre es posible en la medida deseada— o por suprimir la gratuidad de la sanidad pública —decisión políticamente muy poco aconsejable—.

En segundo lugar, el hecho de que exista este problema no quiere decir que no tenga solución. La sanidad pública es mejorable, y debe mejorarse.  La crítica en este sentido, realizada tanto por terapeutas “alternativos” como por usuarios del servicio público de salud va dirigida a un problema de carácter básicamente organizativo, a cómo se desarrolla un servicio, y no al servicio en sí. Es discutible la forma en que se ejerce la medicina en los centros públicos, pero no qué medicina se ejerce, y mucho menos si debe o no existir una medicina pública.

Final y principalmente, en esta crítica se confunde el ejercicio concreto de la medicina en los centros de salud dependientes de la administración, con la metodología de investigación y tratamiento utilizada por la medicina científica, y que es desarrollada en centros de salud públicos y privados, y en multitud de laboratorios de todo el mundo. Sería lo mismo que confundir la forma de enseñar que tiene un maestro de escuela, o el desarrollo del sistema de centros públicos de enseñanza, con el derecho a la educación o el temario y el plan de estudios. Es un error de concepto muy grave —y muy frecuente—. De hecho, en muchos centros públicos, la atención médica y personal al paciente es excelente, a pesar de los problemas de masificación que pueda sufrir; y por otro lado existen numerosos hospitales privados con pocas camas y selecta atención a los pacientes por parte del personal, con intenso apoyo psicológico-afectivo, y en los que la medicina que se ejerce no deja de ser por ello rigurosa, moderna y científica. El problema de estos centros es que son privados, y por tanto no son gratuitos, punto éste común a todas las terapias no oficiales. ¿Dónde está el beneficio?

Crítica metodológica a la homeopatía

Enfermedad: concepto y diagnóstico homeopático

Para los homeópatas la enfermedad y los síntomas constituyen una misma entidad. Este es el punto de partida básico para el tratamiento homeopático —sin él la ley de la analogía se vendría abajo— y es la consecuencia lógica de la existencia de la fuerza vital con la que se eliminan de un plumazo los mecanismos causantes de la enfermedad. Es más; para Hahnemann intentar conocer cómo la fuerza vital provoca una enfermedad es una empresa inútil. Ahora bien, esta postura no puede achacarse al desconocimiento: en tiempos de Hahnemann ya se había establecido la distinción entre síntomas y enfermedad: “Hahnemann es en todo superficial... ¿Qué relación puede haber entre una peritonitis general sobreaguda y cierto grupo de accidentes histéricos, que bajo el punto de vista de los síntomas, considerados en sí mismos y como fenómenos particulares, hecha abstracción de su elemento general, simula bastante bien aquella grave enfermedad? ¿Qué relación hay entre las úlceras mercuriales y las sifilíticas, entre la angina y erupción escarlatinosas y la sequedad faríngea, y las eflorescencias de la piel que en ocasiones produce la belladona...?” (A. Trousseau y H. Pidoux, 1863) ¿Qué hacer en enfermedades que presentan diferentes síntomas?

El diagnóstico homeopático se basa en la ley de la Individualización. Los homeópatas hacen suyo el viejo aforismo de ‘no hay enfermedades sino enfermos’. Pero lo que quieren decir es que los síntomas de una enfermedad son propios de cada persona. No existen cuadros específicos y universales de una enfermedad, sino que los síntomas son únicos en cada enfermo, y por tanto la aplicación del tratamiento es único e intransferible. Esta individualización extrema tiene varias consecuencias: la primera es que los síntomas comunes a muchas enfermedades carecen de importancia: “los  síntomas generales y vagos, como la falta de apetito, el dolor de cabeza, la languidez, el sueño agitado, el malestar general,... merecen poca atención porque casi todas las enfermedades y medicamentos producen algo análogo” (Organon, nº 153). Así, a un infarto de miocardio que provoque dolor de estómago y sudoración, o a una tuberculosis con fiebre y anorexia no hay que hacerles ni caso. Para realizar un diagnóstico correcto homeopáticamente hay que realizar una lista exhaustiva de la sintomatología pero, debido a la ley de la Individualización, fijándose en aquellos que sean los más sorprendentes, originales, inusitados y personales: en la homeopatía hay que considerar muy especialmente cosas tales como el gusto por la música sacra o el comer cebollas. La segunda consecuencia es que no se puede desarrollar un estudio científico de la enfermedad, no es posible la patología. Si el tratamiento de la enfermedad es exclusivo para cada enfermo no se puede ni clasificar las enfermedades, ni administrar medicamentos universales, ni realizar ensayos clínicos. Entonces, ¿por qué funciona la farmacopea? Es en este punto donde la homeopatía es contradictoria consigo misma. Si el tratamiento es específico para el enfermo, ¿cómo es que hay laboratorios que producen masivos tratamientos homeopáticos? ¿Cómo pueden realizarse experimentos clínicos si, en virtud de la ley de la individualización, es imposible obtener grupos homogéneos de enfermos?

A pesar de ser inconsistentes con sus postulados, los homeópatas dividen las enfermedades en dos grupos: agudas y crónicas. Las enfermedades agudas son ocasionadas “por operaciones rápidas de la fuerza vital salida de su ritmo normal, que terminan en un tiempo más o menos largo” (Organon, nº 72) y las crónicas son “poco marcadas, y aun muchas veces imperceptibles en su principio, se apoderan del organismo cada una a su modo, lo desarmonizan dinámicamente, y poco a poco lo alejan de tal modo del estado de salud, que la automática energía vital destinada al mantenimiento de éste, que se llama fuerza vital, no puede oponerse a ellas sin una resistencia incompleta, mal dirigida e inútil, y que no pudiendo extinguirlas por sí misma, tiene que dejarlas aumentar hasta que por fin  ocasionan la destrucción del organismo” (Organon, nº 72) Y añade que estas enfermedades “deben su origen a un miasma crónico”. Dentro de las enfermedades crónicas están las artificiales, ocasionadas por la medicinal tradicional, y las naturales que son tres: la lúes (sífilis), la sicosis (gonococia) y la psora (sarna). Esta última es la única causa de la debilidad nerviosa, el histerismo, la hipocondría, la manía, la melancolía, la demencia, el furor, la epilepsia, los espasmos, el raquitismo, la escoliosis, la cifosis, la caries, el cáncer, el fungus hematodes... En suma, la mayoría de las enfermedades tienen su origen en este tipo de proceso infeccioso. “Me han sido necesarios doce años de investigaciones para encontrar el origen de este increíble número de afecciones crónicas, para descubrir esta gran verdad desconocida de todos mis predecesores y contemporáneos...” (Organon, nº 80, nota 1). Aún hay más. James Tyler Kent, uno de los homeópatas más influyentes a finales del siglo pasado y que estableció la llamada homeopatía clásica —la más extendida en Gran Bretaña hoy— identificó la psora con el pecado original. Es la evidente culminación a un planteamiento moral del origen de la enfermedad —no es casualidad que sean tres enfermedades venéreas el fundamento último de las enfermedades crónicas—.

El meollo del problema es que los homeópatas no pueden eliminar estos conceptos tan ridículos y falsos; deben conservarlos pues son la base de la ley de la Similitud y la de los Infinitésimos. Por eso modifican los conceptos de forma ad hoc: los miasmas dejan de ser efluvios nocivos procedentes de la tierra o el aire para convertirse en una alteración dinámica o cualquier predisposición constitucional a la enfermedad. De esta forma salvan el problema y de paso evitan que sea irrefutable por lo vago y general del término. Así, con la psora se puede “referir actualmente tanto a la inmunodepresión como a enfermedades autoinmunes y a la alergia” (T. Pascual, T. Ballester y R. Ancarola).

La ley de similitudes

Durante siglos, las doctrinas terapéuticas se basaron en las obras de Hipócrates y Galeno, que establecieron sus conceptos en función de los conocimientos de la época. Una de las ideas más aceptadas en el saber antiguo era la “teoría de los cuatro elementos”, atribuida a Empédocles de Agrigento. Así, la materia (tierra, agua, aire, fuego) tenía cuatro cualidades primigenias (húmedo, seco, caliente, frío) que se relacionaban entre sí por los principios de Amistad y Discordia. Los cuatro elementos tenían en el ser vivo su representación en los humores (sangre, flema, bilis negra y bilis amarilla). La medicina de la época utilizaba los principios de amistad y discordia, así como el estudio de los humores para establecer sus doctrinas terapéuticas, denominadas ía” (contraria contrariis curantur) y “simpatía” (similia similibus curantur).

Tanto Hipócrates como Galeno señalan que, por norma general, el sistema más idóneo es el de los contrarios. Así, por ejemplo, Galeno dice: “esfuérzate por oponer siempre remedios contrarios al mal”, y hablando del estómago explica: “si está demasiado caliente es necesario enfriarlo; si frío, será necesario calentarlo. Igualmente, si está seco hay que humedecerlo, y si excesivamente húmedo, secarlo”. No quiere decir esto que rechazaran la otra doctrina. Por ejemplo, en el uso de purgantes la aconsejaban debido a que, según Galeno “se ha demostrado que cada remedio atrae a su propio humor”.

Realmente, la ley de similitud planteada por Hahnemann no dista mucho de la ley de las “signaturas” planteada en su día por Paracelso, quien aplicaba remedios obtenidos a partir de elementos que tenían semejanza física con el órgano afectado o con la afección. En el caso de Hahnemann, la semejanza de forma pasa a ser una semejanza de síntomas, pero carece de cualquier otra justificación.

Además, existe otro problema en el planteamiento que hizo Hahnemann para elaborar su teoría. En el siglo XIX la fiebre no era, tal como hoy se sabe, un síntoma común a muchas afecciones distintas, y directamente conectado con el sistema inmunológico. Para Hahnemann y sus coetáneos la fiebre estaba caracterizada como una única enfermedad, de la que la elevación de temperatura corporal era su síntoma directo. Cuando, al administrarse dosis de quinina, Hahnemann experimentó un aumento de su temperatura corporal, interpretó que estaba padeciendo los síntomas propios de la fiebre, como enfermedad; no que dicho síntoma, asociado a otros muchos, puede ser indicativo de múltiples y muy distintas enfermedades.

Durante el siglo XIX, los avances científicos en química o fisiología fueron demostrando cómo funcionan las interacciones en la naturaleza. Como consecuencia de ello, la medicina optó por una doctrina que recogía con mucha más lógica los nuevos conocimientos: “diversa diversis curantur”, es decir, los efectos no tienen nada que ver con la similitud o disimilitud entre fármaco y enfermedad. La investigación médica en el siglo XIX adopta una actitud claramente científica, y se orienta al estudio de la etiología de las enfermedades (sus causas determinantes), el estudio de los fármacos, la búsqueda de principios activos y la posibilidad de sintetizarlos, la farmacodinamia (parte de la farmacología que estudia los efectos bioquímicos y fisiológicos de los fármacos sobre el organismo, así como sus mecanismos de acción, principalmente sus reacciones con los receptores) o la toxicología (efectos directos o secundarios no deseados de los principios activos en función de las dosis).

Tal como recoge Luis Angulo (El agua bendita de la homeopatía, LAR n. 15), a la luz de la farmacología moderna surgen una serie de objeciones claras y concretas a la homeopatía.

1.- La ley de similitud rescata los viejos conceptos de Amistad y Discordia que ya no tienen sentido en la química moderna. La modificación que hace Hahnemann no es más que una burda actualización sin base alguna.

2.- La ley de similitud hace que el médico homeópata vea la enfermedad como un simple cuadro sintomatológico y no atiende a la naturaleza etiológica de la misma, debido a la falta de recursos científicos de la ley.

3.- No existe una farmacodinamia homeopática que explique cómo actúa la ley de similitud, no se explica de qué forma actúan, ni cómo lo hacen, ni cómo son eliminados por el organismo los medicamentos homeopáticos.

4.- La homeopatía no explica cuales son las formas farmacéuticas indicadas para cada caso, ni explica por qué. Además no existen estudios sobre las vías de administración recomendables.

5.- Todas las investigaciones sobre la ley de similitud se limitan a señalar estadísticamente los efectos positivos de los fármacos y no su modo de acción. Estos efectos están en el umbral de percepción del investigador.

6.- La ley de similitud es más certera en las enfermedades de tipo psicosomático y es ineficaz en trastornos de carácter muy concreto, traumatismos, infecciones...

7.- La homeopatía tiene una visión muy parcial de la terapéutica, olvidándose de las acciones profilácticas, paliativas, consecutivas, fortificantes, etc...

En resumen, la ley de similitud no deja de ser una hipótesis no demostrada por ninguna investigación fiable, que no es explicada a la luz de la ciencia, y contra la que se pueden presentar muy sólidos argumentos.

El experimento crucial para el desarrollo de la homeopatía fue el de la quinina. En él, Hahnemann y todos los homeópatas que le siguen caen en la falacia lógica de ‘post hoc ergo propter hoc’ . Hay dos hechos bien observados, la curación de la malaria por la quinina y la aparición de síntomas similares a la malaria si se toman grandes dosis de quinina. El error aparece cuando se infiere que entre ambos existe conexión causal cuando sólo hay coincidencia relacional entre dos hechos independientes. Fijémonos en lo absurdo del planteamiento homeopático. Como la penicilina  produce una reacción alérgica, entonces cura la urticaria. Como puede curar una neumonía, también puede provocarla. Como cura la gonorrea, la debería causar a los sanos. Como la estreptomicina puede curar la tuberculosis pulmonar, puede hacer enfermar de tuberculosis a los sanos. De igual forma, los antihipertensivos deben ser igualmente capaces de producir un aumento de la tensión arterial. Es más, como el monóxido de carbono provoca la asfixia a un hombre sano, ¿por qué no curar la disnea dándoselo a respirar? Al diabético se le curaría dándole glucosa y al hipertenso, sal. O curar una hemorragia digestiva produciendo erosiones en zonas gástricas indemnes. Que haya médicos convencidos de la validez de la ley de la similitud es preocupante. No sólo no son capaces de descubrir una falacia lógica sino que, además, confunden la enfermedad con sus síntomas —para Hahnemann esta ecuación es directa, ya que toda enfermedad es un desequilibrio de la fuerza vital—, y el mecanismo de acción de los medicamentos con sus efectos secundarios —un fármaco no tiene por qué producir síntomas y mucho menos similares a la enfermedad que va a curar—.

La forma de determinar que una cierta sustancia puede ser válida homeopáticamente también es curiosa. El medicamento debe administrarse en estado puro a un individuo sano para observar claramente los síntomas que produce. Así, los medicamentos fuertes —o sea, los que matan, como el arsénico— deben administrarse en dosis poco elevadas; los menos fuertes, en dosis más elevadas; y los débiles, a personas sanas de constitución delicada, irritable y sensible. Sólo puede utilizarse medicamentos que se conozcan bien y se sepa que son puros, tomándose sin ser disueltos en nada. El sujeto objeto de estudio debe llevar un régimen moderado, ausente de comidas especiadas y sin legumbres verdes, raíces y sopas de hierbas pues, aunque cocinadas, conservan su poder medicinal. Debe evitar trabajos penosos de cuerpo y espíritu, así como los excesos y las pasiones desordenadas que pueden nublarle a la hora de describir claramente las sensaciones que experimenta. No se experimentará con animales —a pesar de tales recomendaciones, han aparecido veterinarios homeopáticos—.

La ley de la similitud utiliza el bien conocido razonamiento por analogía, común en el pensamiento mágico. Que el preparado homeopático produzca síntomas similares a la enfermedad que cura es en todo punto idéntico al pensamiento del hechicero de que una planta en forma de corazón debe utilizarse para problemas cardíacos; o comer el corazón de un león para obtener su arrojo y bravura.

Las vacunas

Uno de los argumentos utilizados con frecuencia por los defensores de la homeopatía es que la medicina científica utiliza una técnica conceptualmente similar a la homeopatía: la vacunación. En efecto, en una vacunación se inocula a un paciente un germen debilitado, buscando la reacción natural del organismo. Además, al igual que ocurría en los tratamientos homeopáticos de sus creadores, a la vacunación sucede en ocasiones un inicial empeoramiento del paciente.

Pero, obviamente, la comparación es absolutamente inadecuada (¡Por supuesto!, F. Briones), y los defensores de la homeopatía no conocen —o no quieren conocer— la diferencia existente. Se trata simplemente de un sofisma por falsa analogía.

En primer lugar, la vacunación no es nunca un método curativo, sino meramente preventivo. No se trata de que un organismo reaccione a determinado estímulo sintomatológico, reajustando sus parámetros vitales. El sistema inmunológico se conoce casi a la perfección, y éste no responde a síntomas fisiológicos, sino a la presencia física y real de un antígeno específico. Lo que se busca en una vacunación es forzar la presencia del antígeno, pero con su capacidad patógena reducida. El sistema inmunitario es incapaz de distinguir si la capacidad patógena del antígeno es alta o baja, pero sí detecta su presencia, normalmente en base a una especificidad protéica, disparando los mecanismos que conducen a la producción del anticuerpo específico adecuado para combatir la presencia del antígeno. De esta forma, el organismo estará perfectamente preparado ante la posible llegada futura de un antígeno idéntico, éste sí, con su capacidad patógena intacta.

Hay que tener en cuenta que en el proceso inmunológico subyacente a la vacunación, los anticuerpos generados por el organismo son específicos del antígeno inoculado (un microorganismo o una toxina generada por el mismo). Esta especificidad exige que, a diferencia de la homeopatía, el antígeno se inocule en cantidades suficientes para ser detectado por el sistema inmunológico, disparando de esa forma la producción del anticuerpo. A pesar de los esfuerzos de Jacques Benveniste, de quien hablaremos más adelante, no se ha podido comprobar una respuesta inmunológica cuando el antígeno se encuentra altamente diluido.

Evidentemente, el antígeno debe administrarse en una forma tal que no sea nociva para el organismo. Pero el bloqueo de su cualidad nociva no puede realizarse por simple disolución, ya que perderíamos la capacidad de detectarlo. Este doble compromiso se puede soslayar gracias a que, por lo general, no coincide en el antígeno su factor específico —aquel factor por el que es reconocido por el sistema inmunitario— y su factor tóxico o infeccioso. Esto permite obtener en laboratorio cantidades suficientes de antígeno, limitando su nocividad, pero manteniendo su especificidad. En el caso de bacterias, por ejemplo, su especificidad suele estar asociada a las lipoproteínas o polisacáridos que forman parte de su membrana celular, mientras que la toxicidad responde a una proteína producida por algún gen de la bacteria. Mediante ingeniería genética es posible conseguir cepas bacterianas idénticas a las originales, pero con el gen productor de la toxina bloqueado o eliminado, lo que las hace incapaces de producir enfermedad alguna. Mantienen sin embargo su especificidad, por lo que serán reconocidas por el sistema inmunológico como agentes invasores nocivos. Ésta es una de las técnicas utilizadas en la obtención de vacunas, aunque no es evidentemente la única.

Este mecanismo implica que:

1.- Las altas diluciones no tienen sentido en vacunación.

2.- La vacunación es muy eficaz como terapia preventiva, pero normalmente no tiene sentido una vez infectado el individuo  —es decir, como terapia curativa—. En el mejor de los casos, no sirve para nada. Tan sólo tiene sentido, raras veces, en enfermedades causadas por microorganismos de desarrollo lento.

3.- Lejos de responder al equilibrio de una supuesta ‘fuerza vital’ la vacunación está basada en un mecanismo perfectamente conocido y estudiado.

Este proceso desencadenado por la vacunación supone además una diferencia notable entre la vacunación y un tratamiento homeopático. Tanto en el caso de haber contraído una enfermedad infecciosa, como en el caso de una vacunación, es posible detectar la presencia del antícuerpo específico en el suero sanguíneo. Éste es un método muy frecuente para diagnosticar algunas enfermedades, como el SIDA o la brucelosis. Sin embargo, tras un tratamiento homeopático, no se puede detectar la presencia de ningún anticuerpo ni sustancia alguna que pueda tener una función inmunitaria, y cuya presencia pueda achacarse directamente al tratamiento. La comparación entre ambas técnicas, y mucho más su asimilación, carece absolutamente de sentido.

En el caso de la homeopatía, se pretende extender el método de vacunación a síntomas —no a gérmenes específicos—, suministrando principios activos no necesariamente biológicos —los elementos químicos y las moléculas inorgánicas no son antígenos, y no disparan ningún tipo de mecanismo inmunológico—, como terapia curativa no preventiva, y suponiendo procesos fisiológicos totalmente desconocidos. Huelga añadir cualquier comentario.

La ley de infinitésimos

Los homeópatas resumen esta ley de la siguiente manera: “para tener una mejoría rápida, suave y duradera es necesario utilizar dosis infinitesimales”.

Esto lo explican diciendo que con dosis infinitesimales disminuye la toxicidad del preparado —algo que resulta obvio—, pero simultáneamente aumenta su efectividad y rapidez curativa. Y lo dicen sin que esto les parezca una contradicción. Realmente se está confundiendo “menos perjudicial” con “más beneficioso”.

Es evidente que Hahnemann no es tonto. Si según su inspirada ley el arsénico puede curar, también es claro que mata, por lo que debe ser diluido a cantidades que no provoquen la muerte. A este proceso de dilución extrema se le llama potenciación para conseguir que aparezcan en las diferentes sustancias sus “poderes espirituales e inmateriales”. Este proceso se realiza mediante la llamada sucusión, donde las diluciones deben agitarse al menos 40 veces y seguir un procedimiento de sucesivas divisiones que para cualquier antropólogo tiene el mismo aspecto que los rituales mágicos de los hechiceros y chamanes. No se dan razones objetivas para fundamentar este mecanismo; simplemente es una nueva inspiración divina del gurú. Y la iluminación divina no necesita ser probada. Lo cierto es que se violan las leyes más elementales y básicas de la física y la química. Que preparados homeopáticos no contengan ni una sola partícula de principio activo y sean los más ‘potentes’ es, cuando menos, chocante.

Parece como si las moléculas de una sustancia activa tuvieran personalidad propia y muy mala avenencia. Así, cuando éstas se encuentran en gran número, prevalecen los efectos perjudiciales que provocan, mientras que en pequeño número se incrementa considerablemente su capacidad benefactora. Se debe deducir por tanto que la reactividad química de estas sustancias no responde en absoluto a las leyes de la química universalmente aceptadas.

Se conocen sustancias que tienen distinta reactividad en función de su concentración, tanto en relación directa (la inmensa mayoría), como con relaciones no lineales (aumenta la reactividad al aumentar la concentración sólo hasta cierto punto, a partir del cual se satura o incluso disminuye algo). Lo que no conoce la química es ninguna sustancia cuya reactividad guarde una relación puramente inversa con la concentración (más activa cuanto más diluida), y menos aún una que posea doble reactividad. Si además se da el caso de que la reactividad directa sobre un organismo vivo sea siempre tóxica, y la inversa siempre curativa, las sospechas de que nos encontramos ante un producto milagroso o mágico surgen inmediatamente.

Aún más absurdo que el argumento anterior es la interpretación que hacen los homeópatas del concepto “infinitésimo”.

Para realizar un preparado homeopático se comienza por preparar una dilución de la sustancia en cuestión. Es lo que se llama Tintura Madre. A continuación se toma una gota de la misma y se disuelve en 99 gotas de disolvente —agua, alcohol o lactosa—, y se mezcla bien (dinamización). Tenemos ya una disolución 1CH (Centesimal Hahnemanniano). Si repitiéramos el proceso, tomando una gota de disolución 1CH para mezclarla con 99 de disolvente, tendríamos una disolución 2CH. Se realizan también disoluciones 1 a 10 (decimales hahnemannianos) o por el método Korsakov, que utiliza en cada proceso la fracción de disolución que queda adherida a las paredes del vaso. Algunas diluciones típicas de la farmacopea homeopática son 3DH, 6DH, 4CH, 7CH, o 30CH, pero llegan en ocasiones a valores mucho más elevados.

Realmente, los valores a los que se llega son totalmente astronómicos y desorbitados. Para conseguir una dilución 30CH no es preciso un gran volumen de disolvente. Con un centímetro cúbico de tintura madre, disuelto en 99 de agua podríamos obtener 100 centímetros cúbicos de preparado homeopático 30CH utilizando apenas tres litros de disolvente. Sin embargo, la relación de concentraciones entre la tintura madre y el preparado final es aproximadamente el mismo que si arrojamos una pequeña gota de tintura madre en un depósito de agua tan grande como ¡todo el sistema solar!

Es decir, en este tipo de diluciones, la probabilidad de encontrar una sola molécula del principio activo es absolutamente despreciable. En una dilución 30CH esta probabilidad es aproximadamente de una molécula en cada 1037 vasos (un uno y treinta y siete ceros) de preparado homeopático, o lo que es igual, una molécula en un volumen miles de veces superior al de la tierra. ¿Qué es lo que actúa?

Evidentemente, si tomamos valores de dilución menores, las comparaciones no son tan exageradas, pero hemos querido mostrar con esto el límite —o la ausencia del mismo, más bien— de lo absurda que resulta la ley de infinitésimos. Tan sólo la más baja de las diluciones utilizadas en homeopatía (3DH equivalente a 1/1000) se acerca remotamente a las cantidades de principio activo que podemos encontrar en cualquier fármaco comercial.

Para entender lo que significa, por ejemplo, una dilución 12C es ilustrativo recurrir al llamado ‘teorema del último suspiro de Julio Cesar’.

“Si el último suspiro de César se encontrase hoy día distribuido de manera uniforme en toda la atmósfera terrestre —y suponiendo que el volumen de la atmósfera es unas 1024 veces la capacidad de nuestros pulmones— con cada inhalación de aire que tomásemos respiraríamos una molécula del aire de ese último suspiro. sin embargo [esta] dilución 12C sólo es el comienzo, pues la dilución homeopática más habitual es del orden 30C... una potencia de 30C. Esta cifra equivale a un grano de sal disuelto en un volumen de disolvente que llenaría diez mil millones de esferas, cada una de ellas lo bastante grande como para abarcar todo el sistema solar. Según una publicación de la OMS, se han utilizado ‘con éxito’ potencias de cerca de 100000C, es decir, diluciones de 10-200000 (recordemos que el número de partículas subatómicas del universo es sólo de 1080). El hecho de que estos engaños puedan prender en la fantasía de miles de hombres y mujeres con cualificación médica —sobre todo en Francia, Alemania y Gran Bretaña— o bien debe considerarse una acusación directa a la educación impartida en las facultades de medicina, o bien pone en evidencia que algunas mentes presentan una incapacidad congénita para desarrollar un pensamiento crítico” (Skrabanek y McCormick).

Podemos ensayar una serie de hipótesis para tratar de justificar esta ley.

La primera sería suponer que el número de Avogadro, que permite calcular cuántas moléculas —parte indivisible de una sustancia como tal— se encuentran en una cierta cantidad de determinada sustancia, está equivocado. Si ello fuera cierto, evidentemente, estaría también equivocada la práctica totalidad de la química moderna.

Una segunda hipótesis sería aquélla según la cual el principio activo modifica no se sabe qué característica del disolvente, que conservaría así las cualidades de aquél. Al margen de cuál sea esa característica, nos encontramos aquí con los mismos problemas que antes. ¿Por qué el soluto transmite al disolvente sus cualidades curativas y no su toxicidad? Además, todas los conocimientos de la reactividad química estarían equivocados. De acuerdo con la química y física oficiales, una sustancia o cuerpo puede producir algún efecto sobre otra sustancia o cuerpo, siempre que entre ellos tenga lugar algún tipo de reacción físico-química. La capacidad de una sustancia o cuerpo para producir este tipo de reacciones, su reactividad, se ha considerado una consecuencia de la estructura propia del cuerpo o sustancia, y por tanto una característica intrínseca de la misma. Sin embargo, de acuerdo con la hipótesis homeopática, una molécula no reaccionaría químicamente con otra (o determinado átomo con otro) por intercambio electrónico o solapamiento de sus orbitales, tal como creen la química y física modernas, sino que la reacción se realiza en base a no se sabe qué fenómeno físico que, al ser transmisible del soluto al disolvente, no es propio de la sustancia. Si el agua se puede comportar como si fuera no sé qué sustancia que ha estado disuelta en ella en cierto momento, tal cualidad de comportamiento, ¿es propia del agua, de la sustancia disuelta o de ninguna de ellas? ¿Qué sentido tiene entonces la química?

De acuerdo con esta hipótesis, si nosotros diluimos sucesivamente polvo de carbón en agua, la sustancia que obtenemos al final -básicamente agua- debería ser combustible.

Para algunos, la acción del soluto sobre el disolvente consiste en modificar su estructura molecular, de forma que el disolvente mantiene las propiedades del soluto incluso en ausencia de molécula alguna. Ésa es en cierto modo la hipótesis que intentó demostrar Jacques Benveniste, de quien hablaremos más adelante. Según esta teoría, la reactividad de una molécula depende de su estructura interna, y es modificable.

Para otros, el soluto transmite al disolvente determinadas energías vitales u ondas desconocidas, con idéntico efecto. Unos y otros inventan la llamada memoria del agua, e incluso llegan a invocar a la mecánica cuántica o a la reciente teoría del caos para justificar lo injustificable.

Tal como comenta Angulo en el artículo citado, “los homeópatas hablan, como los parapsicólogos, de energías desconocidas para la física, estructuras moleculares desconocidas para la química, ondas de frecuencia desconocida para la ondulatoria, fuerzas vitales desconocidas para la fisiología, y sistemas de defensa desconocidos para la inmunología. Como debería ser bien sabido, cuanto más descabellada es una idea, más argumentos necesita para su demostración, y lo que deberían hacer los homeópatas es dejar de hablar de supuestos y demostrar la existencia de estas energías, ondas y fuerzas vitales hasta ahora imaginarias”.

El Caso Benveniste

El 30 de Junio de 1988 apareció publicado en la prestigiosa revista científica Nature un artículo firmado por el equipo de Jacques Benveniste, exponiendo una serie de experimentos sobre degranulación de basófilos disparada por anticuerpos muy diluidos.

Los anticuerpos responsables de la hipersensibilidad inmediata en el hombre pertenecen al grupo de la inmunoglobulina E, IgE. Estos anticuerpos tienen una gran capacidad para adherirse a la membrana de los basófilos polimorfonucleares -un tipo concreto de glóbulos blancos-. Cuando estas células se exponen a determinado tipo de alergenos, éstos pueden disparar una serie de señales intracelulares en los basófilos, seguidas de una exocitosis de sus gránulos, con la consiguiente liberación de histamina. Éste es un proceso típico en una reacción alérgica.  Pero conviene aclarar que el experimento de Benveniste (sería un modelo in vitro para la hipersensibilidad inmediata) los alergenos (antígenos) se sustituyen por anticuerpos anti-IgE (habitualmente del tipo IgG), que son los que se van a someter al proceso de dilución característica de la Homeopatía.

Dicho más sencillo, aunque quizá menos preciso, los basófilos son células responsables de dar la señal de alerta en caso de infección, o al ponerse en contacto con alguna sustancia a la que se sea alérgico, y esto lo hacen liberando histamina. Mediante técnicas adecuadas de tinción, es posible observar y distinguir claramente en el laboratorio si un basófilo ha liberado o no dicha sustancia.

Los experimentos ideados por Benveniste consistían básicamente en poner en contacto preparados de leucocitos con suero de cabra cada vez más diluido en agua destilada, y comprobar si los leucocitos (o más concretamente, mastocitos y basófilos) reaccionaban frente a los anticuerpos anti-IgE presentes en el suero (antisuero anti-IgE), liberando histamina y otros mediadores vasoactivos e inflamatorios.

En unos experimentos preliminares, Benveniste aseguraba haber apreciado el proceso de degranulación al exponer una suspensión leucocitaria a disoluciones de antígenos anti-IgE de hasta una parte en 1018. Ante tal resultado, J. Benveniste diseñó toda una serie de experimentos en doble ciego mediante probetas codificadas, y con muestras de control que contenían concentraciones normales de anticuerpos anti-IgE, o bien ausencia de los mismos.

Una vez realizados los experimentos, se obtuvo como resultado que la respuesta de los basófilos a los anticuerpos anti-IgE fluctuaba en función de la concentración de estos. A determinadas concentraciones la actividad prácticamente desaparecía, reapareciendo a concentraciones menores. Tal respuesta se daba incluso en niveles en los que la probabilidad de encontrar una sola molécula de anticuerpo en la disolución era poco menos que nula.

La explicación propuesta por Benveniste en el mismo artículo es que la información específica de una sustancia se trasmite en el proceso de agitado de la disolución al agua. Ésta actuaría como un molde para la molécula, bien mediante una red indefinida de enlaces por puente de hidrógeno, bien mediante campos eléctricos o magnéticos.

Es de reseñar que al final de dicho artículo, Nature incluye una nota en la que señala como lógico que los lectores compartan la incredulidad de numerosos referees del artículo ante los resultados que en él se exponen, y que Benveniste había aceptado que un equipo de investigadores independientes pudiera observar la repetición de los experimentos. No obstante, eso no impidió que el artículo apareciera publicado.

No sólo eso; en el editorial de dicho número, titulado Cuándo creer lo increíble, se hace una reflexión al respecto.  En él se comenta que no hay una explicación objetiva para estas observaciones y que ni siquiera la explicación ofrecida al final del artículo es suficientemente convincente para nadie. El motivo de la publicación del artículo en Nature es permitir que miembros destacados de la comunidad científica puedan descubrir fallos o agujeros en el planteamiento, o sugieran nuevas experiencias que permitan validar las conclusiones.  Añade, con gran perspicacia, que no puede haber justificación para utilizar las conclusiones de Benveniste fuera de dicha motivación. El uso de tales conclusiones por parte de los laboratorios homeopáticos, que indudablemente recibirían con agrado el artículo, sería prematuro, y posiblemente erróneo.

Hay que hacer notar que, si se aconsejaba suspender temporalmente cualquier juicio sobre este asunto, no era porque Benveniste estuviera sugiriendo un fenómeno nuevo, sino porque sus sugerencias atacaban abiertamente en su raíz a dos siglos de observación y racionalización de los fenómenos físicos. “El principio de restricción que se aplica aquí es simplemente que, cuando una observación inesperada requiere que una parte sustancial de nuestra herencia intelectual sea desechada, es prudente preguntarse con más cuidado que de costumbre si las observaciones pueden ser incorrectas”.

Obviamente, las contestaciones, réplicas y contra-réplicas no se hacen esperar. Llueven críticas por la publicación en sí del artículo; es decir, por qué se ha aceptado su impresión cuando los datos y el método no convencían especialmente, y así lo habían hecho notar los referees consultados.  Por otro lado, existen dudas sobre las garantías ofrecidas por el método utilizado por Benveniste. Parece ser que existen fallos en alguno de los análisis estadísticos; tampoco están claras las garantías de pureza de las muestras para impedir una contaminación ajena al antígeno de cabra, y que pudiera desencadenar el mismo efecto; y se cuestiona la utilización del conteo de basófilos como técnica de medición, en lugar de una medida directa del índice de histamina liberada, que podría ser, en principio, más objetivo.

Pero la mayor controversia llegará con los resultados del comité de evaluación. Tal como había pactado Nature con J.B. una comisión intentaría repetir en su mismo laboratorio los resultados del artículo. Dicha comisión estuvo formada por J. Madox —editor de Nature—, W. Stewart —científico experto en estudio de errores—, y James Randi, conocido mago. Sus resultados fueron, básicamente, que no existía razón para suponer los efectos pretendidos en el artículo de J. Benveniste. Este hecho fue respaldado por otros muchos investigadores independientes que intentaron repetir los experimentos de Benveniste, sin ningún resultado positivo.

Pero tampoco faltaron críticas a esta comisión evaluadora. En primer lugar, la presencia de Randi en el grupo, al margen de su conocida experiencia en desenmascarar fraudes científicos, presuponía una posible mala voluntad en J. Benveniste y su equipo, actitud seguramente innecesaria en una evaluación científica, si partimos de la repetibilidad de los resultados como un punto fundamental dentro del método científico. Por otro lado, ninguno de los tres observadores tenía experiencia previa en el campo concreto del trabajo, con lo que sus conclusiones se referirían exclusivamente a cuestiones metodológicas, y no de fondo. Finalmente, el estudio de muchos meses realizado por Benveniste, fue evaluado en tan sólo cinco días, tiempo a todas luces insuficiente para conseguir resultados concluyentes, salvo que desde el primer momento se presuponga la falsedad de los datos iniciales.

Como ya hicieron notar Madox, Stewart y Randi, dos de los miembros del equipo de Benveniste eran pagados directamente por la empresa de productos homeopáticos Boiron. El mismo Benveniste, ya unos años antes, había sido miembro del consejo de administración de otra empresa similar. Según Benveniste, no se puede prejuzgar que la calidad de una investigación dependa de quién financia a los investigadores. Pero creo que a nadie se le escapa el detalle de que no parece muy digno que una empresa financie investigaciones destinadas a avalar científicamente su propia existencia. Eso implica unos intereses económicos capaces de “justificar” cualquier falso resultado. Además, todos los experimentos que dieron resultados positivos se realizaron por o en presencia de E. Davenas, una de las doctoras pagadas directamente por Boiron.

La existencia de la memoria del agua permitiría justificar los  postulados de la práctica homeopática. El postulado fundamental de ésta es el principio de similitud. Merece realmente el título de postulado, es decir, de afirmación tenida por cierta, pero no demostrable. Sin embargo, la experiencia sobre la cual Benveniste quería apoyar su descubrimiento, no tiene nada que ver con el principio de similitud.  No se trata aquí de curar absolutamente nada, ni siquiera “in vitro”. Lo que es nuevo es que Benveniste pretende haber observado estas reacciones con disoluciones de anticuerpos de una “potencia” tal  que, evidentemente, no queda el más mínimo vestigio de anticuerpo en la disolución. En esto se basa fundamentalmente Benveniste para afirmar que el agua mantiene “memoria” de la sustancia biológica con la que estuvo en contacto —sin plantearse ninguna hipótesis alternativa que justificase el efecto observado—.

Lo que Benveniste quería confirmar no era el principio de similitud, sino la idea de que la información biológica transmitida por los anticuerpos puede subsistir en una disolución, incluso cuando esta última no contenga ni una sola molécula del antígeno.

Así pues, aun en el caso de haberse verificado la “memoria del agua”, no por ello la homeopatía dejaría de ser una aberración científica. Pero si la memoria del agua no se valida, lo sería por partida doble. Científicamente hablando, no podemos asegurar la no existencia del pretendido efecto. Pero sí negamos la existencia de pruebas que lo avalen, y, por tanto, tampoco se justifica la terapia que de ella se deriva.

Siguiendo una técnica de desmistificación ideada hace tiempo por James Randi, la revista Science & Vie ofrecía un millón de Francos al equipo de Benveniste si podía reproducir los resultados de su experimento, en un laboratorio puesto a su disposición por el profesor Jean Dry, presidente de la Unión Terapéutica Internacional. El protocolo, publicado en Science & Vie retoma el experimento realizado por Benveniste en su laboratorio del INSERM, y publicado en Nature. (El INSERM es el Instituto Nacional Francés de la Salud y la Investigación Médica). Pero en esta ocasión, el experimento sería controlado rigurosamente por un jurado presidido por Dry. La respuesta de Benveniste, publicada el 31 de Diciembre de 1988 en Le Monde fue que “La investigación médica no se realiza en teatros de feria. Rehúso, evidentemente, presentarme ante no sé qué tribunal compuesto por periodistas y científicos, científicos que no poseen, entre todos, el nivel suficiente para ser ni siquiera bedeles en el INSERM”.

El 25 de abril de 1989, una comisión científica especializada del INSERM aprueba las investigaciones de la unidad 200 referentes  a una sustancia relacionada con los procesos inflamatorios, pero emite un informe desfavorable a las investigaciones relacionadas con altas disoluciones. A este respecto, se muestran contrarios a la renovación del Dr. Benveniste al frente de la misma, si en ella siguen participando laboratorios homeopáticos.

Como consecuencia de este informe, Benveniste hizo saber a Phillippe Lazar, director del INSERM que estaba dispuesto a detener los trabajos que dirigía dentro del INSERM sobre altas disoluciones, aun no estando conforme con la manera en que éstas habían sido valoradas.  Una segunda evaluación de la unidad 200 se confía a un equipo de cuatro investigadores, miembros del consejo científico del INSERM, acompañados de forma totalmente excepcional por dos investigadores extranjeros, uno británico y otro americano.  El informe que emite esta comisión, mantenido confidencialmente en un primer momento, aconseja la No renovación temporal del Dr. Benveniste en tanto éste no presente un nuevo programa de investigaciones en el que no figuren más los pretendidos efectos biológicos de las altas disoluciones.

Sin embargo, M. Lazar y el ministro de Investigación francés decidieron mantener a Benveniste al frente de su unidad, si bien con ciertas reservas. En palabras de Lazar, “Al margen de la calidad científica de sus trabajos, la libertad de los investigadores en la elección de sus hipótesis y de sus modalidades de trabajo no podrá ser limitada más que por las reglas del derecho común y de la ética deontológica”. Pero el director de un equipo de investigación público tiene una responsabilidad que le compromete más allá de su papel de investigador. Así pues, Lazar prosigue diciendo que  “...está claro que las dos comisiones científicas que han examinado sucesivamente los trabajos de la unidad 200 han emitido una expresa reserva sobre los trabajos referentes a las altas disoluciones. Estas reservas se refieren al fondo de sus trabajos, su análisis insuficientemente crítico de los resultados, su aventurada interpretación, la manera de expresarlas públicamente y las consecuencias preocupantes que la publicidad de las mismas podría suponer, como refuerzo de la credibilidad de ciertas prácticas terapéuticas.”

Las condiciones de este contrato tácito para mantener a Benveniste al frente de la unidad 200 suponía que Benveniste debía despedir a los investigadores de su unidad, impuestos de alguna forma por laboratorios homeopáticos, y renunciaba a dar ningún tipo de publicidad referente a la “memoria del agua”. Pero esto, evidentemente no ocurrió así.

Aún hay más. En Octubre de 1989 se celebra en Toulouse un “Foro de las medicinas alternativas y de la vida natural”. En ella tenían sitio propio, desde la homeopatía y la acupuntura, clásicos ya de las alternativas a la medicina, hasta terapias más recientes como la nutriterapia, la macrobiótica, la aromaterapia o la astrología médica. En medio de ellas, y muy en su lugar, estaba Jacques Benveniste presentando una ponencia sobre la memoria del agua. Seguramente los responsables de la sanidad y la investigación en Francia se sintieron muy orgullosos de sí mismos, y de la decisión tomada unos meses antes de mantener a Benveniste al frente de su equipo.

Más aún. A mediados de 1990 aparece una encuesta sobre OVNIs, realizada por Jean-Pierre Petit. Esta encuesta se engloba dentro de larguísima lista de tratados ufológicos en los que el único tema a defender en los mismos es que la ciencia “oficial” y los “poderes fácticos” sólo pretenden enterrar el problema, y que el poder político, el ejército y el mundo científico han lanzado una campaña de desinformación “por razones de estado”.  Curiosamente, el prólogo de esta encuesta, en el que se reconoce la manía persecutoria que caracteriza a los ufómanos, y que se observa igualmente en otros dominios de lo paranormal, está firmado por Jacques Benveniste. En realidad, el libro que contiene esta encuesta es el primero de una colección titulada “En los márgenes de la ciencia”, dirigida por Benveniste.

El INSERM no tuvo más remedio que actuar, cerrando la unidad 200 a finales de 1993.

El 1 de Marzo de 1994 apareció en el diario Le Monde  la siguiente carta:

“La unidad de investigación 200 del INSERM está cerrada, y sus medios humanos dispersados a pesar de su alto nivel, confirmado por las instancias científicas. Esta desaparición, debida al carácter declaradamente herético de los trabajos sobre altas disoluciones, nos lleva a manifestar nuestra inquietud acerca de ciertas tendencias cuyas consecuencias van más allá de este asunto. Hacemos notar que:

- Hasta este momento, ninguna tentativa de explicación trivial o investigación de los errores se ha presentado,  cuando han sido publicados los efectos de altas disoluciones sobre sistemas biológicos por la unidad 200 y varios otros grupos franceses y extranjeros.  Sin poder juzgar su valor científico, nos hacemos eco de la existencia de estas publicaciones.

- Los investigadores de la unidad 200 no niegan el papel primordial de las moléculas biológicas, pero proponen que éstas se comunican por frecuencias específicas. Afirman que estas hipótesis, basadas en hechos experimentales, no han sido rechazadas sino porque no son comprensibles dentro del marco de los conocimientos científicos actuales. Quienes las rechazan, por una reacción más teológica que científica, no las han examinado seriamente jamás. Nos parece necesario y justo que las instituciones den su soporte crítico a esta investigación, cuyos beneficios son tanto médicos como industriales; que se instaure un debate científico en lugar de anatemas y amenazas sobre la situación y la dignidad profesional de los investigadores; que les proporcionen los medios defender su trabajo. Esperamos de los responsables científicos que valoren la apertura, la interrogación permanente, la duda, la discusión libre sin la cual no habría investigación, ni en el espíritu ni en la forma. ¿No tiene el investigador la misión de explorar diferentes caminos, en ocasiones peligrosos? Ahora bien, la rigidez estructural, la obediencia a dogmas, la deificación de la razón frente a la sinrazón empujan hoy día al conformismo normativo, causa de retrocesos y abandonos, en ocasiones dramáticos, y no solamente en el campo científico.

No queremos tomar parte en el debate científico. Abogamos por la libertad de investigar, es decir, de pensar, por el derecho a la “herejía”.  No debe ser en lo sucesivo tan fácil acallar los hechos, las ideas y a los hombres que molestan”.

Ante esta carta, Michel Rouzé, periodista científico famoso —entre otros temas— por su crítica a la homeopatía y la memoria del agua, hizo una serie de comentarios muy acertados. Para empezar, los trabajos de Benveniste sobre disoluciones no habían sido declarados “heréticos” por nadie. Ningún responsable de investigación había utilizado jamás tal palabra, contraria al espíritu científico tanto como la “deificación de la razón frente a la sinrazón”. “El espíritu científico -dice Rouzé- se opone al dogmatismo. Ignora la noción de una verdad absoluta, que no pertenece sino al terreno de la religión. Todo nuevo resultado, toda teoría presentada para explicar este resultado exige mayor investigación y experimentación. Constatar que los resultados anunciados no son reproducibles no es condenar una herejía. Contrariamente a lo publicado en Le Monde —prosigue Rouzé— los experimentos en los que la “memoria del agua”  ha podido ser supuestamente observada han sido realizados por amigos y colaboradores de Benveniste. Los demás han dado resultados negativos.”

Por otro lado, hay que respetar el derecho y la libertad de investigación, siempre que los métodos utilizados entren dentro de lo éticamente aceptable. Pero si aceptamos acríticamente todos los resultados, y los publicamos como ciertos antes de haberlos verificado, cometemos un grave error científico. Como en el resto de las pseudociencias, ¿quién es aquí el dogmático? ¿quien niega que haya pruebas suficientes para demostrar un fenómeno, e impide la publicación del mismo por las repercusiones que pueda tener, o quien se empeña en llamar “ayatollah de la ciencia” —como hizo públicamente Benveniste— a todo aquel que no “cree” en la “memoria del agua”?

El caso Benveniste fue célebre en su momento, sigue siendo citado en la literatura, y no deja de ser un botón de muestra de la forma de actuar que se tiene en ciertos círculos. Su intento de justificar teóricamente la homeopatía quedó en mero intento, y hoy día sus argumentos no son aceptados por ningún miembro de la comunidad científica, o al menos por ninguno que no esté pagado por algún laboratorio homeopático.

Lo que se expone a continuación es un ejemplo muy concreto de un producto homeopático frecuentemente utilizado hoy día. Su justificación teórica y la forma de prepararlo hablan por sí solas. El apartado pertenece a un artículo publicado por Victor J. Sanz en el número 38 de LAR (Abril, 1996)

Un ejemplo: el oscillococcinum

Hay cosas que deben decirse de golpe, sin previo aviso: El oscillococcinum es una disolución infinitesimal constituida por autolisado filtrado de corazón e hígado de Anas Barbariae (pato de Barbaria) con excipiente de sacarosa y lactosa.

Tras esta fórmula casi cabalística, que iremos desbrozando, se esconde un preparado homeopático que está indicado, según el laboratorio que lo elabora (el inevitable Boiron), para combatir la gripe y los “estados gripales”, ya sea como preventivo o como curativo, variando la posología según el caso. Estas aplicaciones terapéuticas vienen avaladas, desde hace tiempo, por un estudio a doble ciego realizado durante la epidemia de gripe en el invierno de 1986-87 por dos médicos grenobleses. El análisis global de los resultados, tras 48 horas, dio un 10,3% de curaciones en el grupo placebo, contra un 17,1% en el grupo tratado con oscilococcinum. De ese estudio hablaremos más detenidamente en párrafos posteriores.

La revista Mundo Científico (La Recherche), nº 131, enero de 1993, publicó la noticia como si se tratara de un hecho importante en el ámbito médico-científico. Mundo Científico, recordemos, es una firme defensora de la Homeopatía y otras pseudomedicinas.

El descubridor de esta maravillosa pócima fue Joseph Roy (1891-1978). Ejerció como médico militar durante la Primera Guerra Mundial. Asistió, entonces, a la terrible epidemia de gripe de 1917 creyendo descubrir en la sangre de las víctimas un microbio constituido por dos granos (cocos) desiguales y animado de un rápido movimiento vibratorio, de ahí el nombre que le da: oscilococo (oscilocoque). Además, el microbio observado es polimorfo, ya que se puede encoger hasta llegar a ser un virus en los límites de la visibilidad (con los instrumentos de la época). Pero cuando envejece se agranda, llegando a aparecer un tercer e incluso un cuarto grano (coco). Características todas ellas muy interesantes para un microbio que...¡no existe! Se trata de la versión microbiológica de los canales y oasis marcianos de Percival Lowell.

Pero esto último es un pequeño detalle que no arredra a un homeópata que se precie.  Y así, el oscilococo no es sólo el microbio de la gripe, pues Roy lo detecta también en la sangre y en los tumores cancerosos, en los chancros sifilíticos, en el pus de los blenorrágicos, en los pulmones de los tuberculosos, en los enfermos que padecen eccema, herpes, reumatismo crónico, e incluso en sujetos aquejados de infecciones agudas, tales como paperas, varicela y rubeola. ¡Otro buen récord para un germen que brilla por su ausencia! Pero estas divagaciones gratuitas de Roy les vinieron de perlas a aquellos que por entonces rechazaban las teorías de Pasteur, según las cuales las enfermedades infecciosas son debidas a gérmenes específicos. A este animado coro de extravagantes personajes se unen los homeópatas, para quienes las enfermedades no se caracterizan y distribuyen según sus causas, sino sólo según sus síntomas. Las causas, aclaremos, tienen poco interés para los homeópatas, puesto que ellas no intervienen en la elección de una terapéutica.}

Ya sólo le queda a Roy poner en práctica las técnicas homeopáticas, es decir, poner a punto un tratamiento “eficaz” en las enfermedades en las que el propio descubridor cree detectar la presencia masiva de oscilococos, principalmente del cáncer. Y siguiendo el dogma hahnemanniano, este tratamiento deberá partir del oscilococo mismo. Ahora bien, dado que el oscilococo se encuentra en casi todas la partes del organismo (o sea, en ninguna), ¿cuál de ellas elegir para fabricar el remedio homeopático anticanceroso?

Aquí se plantea un misterio aún no resuelto. En efecto, Roy decide obtener su bien amado oscilococo en el hígado y el corazón de los patos de Barbaria. Mas en ninguno de sus escritos da razón de esta decisión. Para algunos (según Nicole Cure, historiador de los trabajos de Roy), se debe a que el pato es una de las reservas naturales del virus gripal (pero hay que tener en cuenta que los trabajos que corroboran esto datan de 1974, o sea, medio siglo después de los de Roy, por lo que esta suposición es inaceptable). Para otros, los oscilococos del pato habrían sido elegidos por su analogía con los bacilos tuberculosos de otras especies de aves, que no son peligrosas para la especie humana. Sin embargo, las verdaderas explicaciones para esta elección son de carácter netamente mágico, como veremos a continuación.

Tenemos ya el origen del nuevo remedio, bautizado como oscillococcinum, que sería el oscilococo latinizado, pues es de sobra conocido que los productos homeopáticos son más eficaces con sus nombres en latín (comentario bastante tonto que quita seriedad, si es que se le quiso dar, al trabajo, F. Briones). Consignemos ahora el modo de preparación siguiendo las sabias directrices dadas por el propio Joseph Roy en 1925.

En un recipiente de un litro se pone, “en condiciones rigurosas de asepsia” una mezcla de jugo pancreático y de suero glucosado. A continuación se decapita un pato de Barbaria del cual se extrae el hígado y el corazón. Pregunta (que ya nos hacíamos anteriormente): ¿por qué no otros órganos? Respuesta:

- Respecto al corazón, podemos suponer que él es en la tradición cultural occidental el centro de la vida, y, además, él es el que hace circular la sangre en la cual se encuentran profusamente los oscilococos.

- Respecto al hígado, el propio Roy nos ha dejado un comentario muy revelador sobre su arcaica forma de pensar: “... los antiguos veían en el hígado un lugar de sufrimiento más importante que el corazón; sentimiento profundamente justo; es a nivel del hígado en donde se realiza la modificación patológica de la sangre, es allí donde la cualidad de la energía de nuestro músculo sanguíneo se transforma de una manera duradera, unas veces leve, otras grave”.

Dichas estas doctas palabras, sigamos con la formulación del preparado. Para lo cual añadimos a la mezcla ya preparada, entre 35 y 37 gramos de hígado y 15 gramos de corazón de los susodichos patos. A continuación ponemos todo ello en “incubación” durante 40 días, pasados los cuales, las vísceras del pato son “autolisadas”, es decir, los tejidos se descomponen ellos mismos sin contaminación de origen externo. El autolisado filtrado constituye el origen a partir del cual se prepara el remedio, a saber: la 200 dilución korsakoviana, que equivale, aproximadamente, a la séptima dilución centesimal (7 CH). He ahí el oscillococcinum expendido en nuestras farmacias. Es ahora cuando comprendemos el alcance y valor del insigne descubrimiento anunciado con escueto rigor por  Mundo Científico, así como por otros compañeros de viaje (homeopático) que después nombraremos.

En el oscillococcinum, Roy había visto un remedio contra el cáncer y contra la gripe, e incluso —como vimos— para muchos otros procesos patológicos que forman parte del conjunto que Hahnemann había dado el nombre de psora (sarna). Sin embargo, el oscillococcinum expendido en las farmacias ha abandonado todas estas indicaciones (las que no interesan por su clara exageración fraudulenta) reteniendo sólo las de la “gripe” y los “estados gripales”; en ambos casos el éxito está asegurado por cualquiera de estos mecanismos:

1.- Efecto placebo.

2.- Curación espontánea, que es lo propio —la mayoría de las veces— en estos procesos.

3.- Evitando tratamientos intempestivos y perjudiciales con antibióticos (que nada hacen contra los virus) y anti-inflamatorios.

Debemos hacer aquí un inciso importante. El oscillococcinum es un remedio homeopático curioso, ya que no ha sido sometido a la “experimentación patogenética”, fundada, como sabemos, en la ley de similitud o analogía, que es la base de la Homeopatía. Dicho en otras palabras, el oscillococcinum no se ha administrado a sujetos sanos para verificar que él provocaba en estos últimos los mismos síntomas de la gripe. La creencia en su eficacia reposa únicamente sobre la tradición. Ahora bien, este proceder tradicional no es raro en Homeopatía, puesto que los “experimentos patogenéticos” (según la jerga habitual de los homeópatas) causarían risa en cualquier revista medianamente seria, al margen de las implicaciones éticas que ello conllevaría (pues en el fondo se trata de producir “enfermedades” en el hombre sano, tal y como mandan los cánones homeopáticos). ¿Se imagina alguien un ensayo clínico consistente en administrar penicilina a un sujeto sano, en dosis progresivamente crecientes, ¡hasta producirle una neumonía o una gonococia!? Para evitar ridículos de esta clase es por lo que los resultados obtenidos con las sustancias homeopáticas se toman tradicionalmente de la llamada Materia Médica Homeopática.

El truco actual consiste, entonces, en hacer un ensayo clínico (éste, ya sí, siguiendo la metodología científica estándar) con los resultados anteriores procedentes, como acabo de decir, de la tradición, es decir, de las locuras como la de Roy, cuyo compendio es la mencionada Materia Médica Homeopática. Si el ensayo resulta dudoso o ligeramente positivo (debido a algún defecto, pues no olvidemos que un ensayo clínico no es sino un estudio de correlación estadística fácilmente amañable), el éxito está casi asegurado (gracias a la propaganda, revistas sensacionalistas, etc.), el círculo se cierra y el engaño es perfecto (falsamente avalado por la mismísima Ciencia).

Un buen ejemplo de estudio defectuoso que sirve de coartada o tapadera científica a las pretensiones homeopáticas es el que comentábamos al principio de este apartado. Vamos, pues, a analizarlo más detenidamente y ver así cómo se fabrica un éxito homeopático. El ensayo se realizó con 487 pacientes tratados a domicilio por 149 médicos de cabecera durante la epidemia de gripe acaecida en el invierno de 1986-87 en la región de Rhöne-Alpes. El protocolo es aparentemente riguroso; enfermos repartidos en dos grupos de forma aleatoria, uno de los cuales recibe el oscillococcinum y el otro un placebo (sustancia falsa imitando al medicamento), todo ello utilizando el procedimiento de doble ciego (ni el médico ni el paciente saben si el envase contiene el preparado homeopático o el placebo). Después de 48 horas de tratamiento se evaluaron los datos y el resultado fue de un 10,3% de curaciones en el grupo placebo, frente a un 17% en el grupo tratado con oscillococcinum, tal y como adelantábamos al principio del artículo. Para los autores del ensayo el resultado es estadísticamente significativo a favor del tratamiento homeopático. Ahora bien, como nos recuerda J.J. Aulas, para que la diferencia observada se pueda asociar rigurosamente a la acción del producto medicamentoso y no al azar en una distribución de los pacientes entre los dos grupos, habría que tener la certeza de que los dos grupos eran de partida estrictamente comparables, sobre todo en lo que se refiere al germen causante, puesto que de él van a depender la intensidad, la duración del cuadro clínico y la curación del mismo.

Todo el mundo sabe —nos dice Michel Rouzé a propósito de este caso— que habitualmente las fronteras de la gripe están muy mal definidas. “Tengo gripe”, afirma mucha gente cuando sólo tiene un catarro y dolor de cabeza. Es por eso que los propios médicos prefieren hablar de “estado gripal” (o “proceso gripal”, o “síndrome gripal”, etc.), término que compromete poco el diagnóstico, y que es, precisamente, el que aparece en los anuncios publicitarios del oscillococcinum que adornan los escaparates de las farmacias. En el ensayo realizado en la región de Rhöne-Alpes, los griposos se definían por tener una temperatura rectal igual o superior a 38º C, y por lo menos dos de los siguientes síntomas: dolores de cabeza, rigidez, dolores lumbares y articulares y escalofríos. Sin embargo, esto no es suficiente para postular que los pacientes estaban afectados por la misma enfermedad (por el mismo virus productor, pues de él depende, repetimos, la intensidad y curación de los síntomas) y, por tanto, que los dos grupos formados por distribución aleatoria fueran estrictamente comparables. En efecto, prosigue J.J. Aulas, durante una epidemia calificada “de gripe”, tal como se definía en el ensayo, pueden ser varios los virus responsables, cada uno con un poder patógeno diferente y con la capacidad de provocar estados febriles más o menos largos (variables). Ahora bien, durante esta experiencia no se realizó ninguna investigación sobre los virus (estudios virológicos) causantes de los síntomas gripales observados en los diferentes pacientes. En consecuencia, no es riguroso afirmar que la diferencia constatada entre ambos grupos (17,1% para uno y 10,3% para otro) deba ser atribuida a los diferentes tratamientos (oscillococcinum y placebo, respectivamente) dado que puede provenir de una distribución diferente de los virus patógenos en el seno de los dos grupos.

Al llegar a este punto, quizás alguna mente inquisitiva se pregunte lo evidente: ¿Por qué utilizar tanto oscilococo, hígado y corazón de pato, y no bacterias y virus (de la gripe, del SIDA, etc.) que son los responsables de las enfermedades aludidas, y que, además, sabemos con certeza que administrados de determinada forma (vacunas) son capaces de estimular el sistema inmunológico (defensas específicas)? La razón es, precisamente, el fundamento mismo de las Pseudomedicinas.

Para la Homeopatía y demás Pseudomedicinas, las causas de las enfermedades no son las mismas que las que investiga y descubre la Medicina Científica, a lo más, sólo participan como coadyuvantes, sólo son comparsas en la producción de las enfermedades. Incluso, en el colmo de la desfachatez, llegan a afirmar que ellas son las únicas que tratan causalmente las enfermedades, mientras que la Medicina Científica sólo trata los síntomas (además de ser agresiva, antinatural, etc.). Pero esto es como si en Física, en vez de explicar los movimientos planetarios por la fuerza gravitatoria (y sus correspondientes leyes), los explicáramos por causas diferentes que nadie ha podido mostrar, por ejemplo, por “fuerzas angélicas”, y en torno a ellas, inventásemos una “física alternativa”, de la cual la Física (científica) sería una especie de apéndice (Nadie piense que esta tontería que acabo de decir está muy lejos del pensamiento de algunas personas, ya que la Astrología se aproxima mucho a la “física angélica”, y los creyentes en ella son multitud).

Pues bien, si las Pseudomedicinas utilizaran preparados a base de virus de la gripe o de la polio, estaríamos nuevamente ante la mal llamada “medicina oficial”, es decir, ante la Microbiología y la Farmacología (por citar dos especialidades relacionadas con el caso) y, en consecuencia, los homeópatas y demás fraudulentos (?!) no aportarían ni ofrecerían nada original respecto a la Medicina Científica. Las Pseudomedicinas necesitan entonces desmarcarse, diferenciarse en algo, y, para ello, sacan a colación los supuestos métodos y conocimientos “nuevos”, “alternativos”  o “complementarios”, para así, respectivamente, crear una medicina “nueva”, “alternativa”  o “complementaria” con sus correspondientes médicos (pseudoespecialistas) “nuevos”, “alternativos” o “complementarios”. Pero,  -y aquí está otra de las claves del asunto-, a la vez que se desmarcan, no lo hacen totalmente, para lo cual guardan analogías y utilizan datos de la “medicina oficial” que les sirve de coartada y escudo a sus elucubraciones, o sea, para hacerla creíble y entendible.

Posteriormente a la noticia de Mundo Científico que estamos criticando, otras revistas (Tu salud, nº 34, septiembre de 1995, y Quo nº 3, diciembre de 1995) se han hecho eco de las bondades del oscillococcinum, pero incluso con menos rigor y más descaro.

A este respecto, el lector debe saber que la bibliografía que habitualmente maneja el médico científico sobre la gripe (a diferencia de las revistas mencionadas) no da noticia de sustancia antivírica alguna que sea capaz de curarla (al menos por ahora). Lo más que actualmente se ha logrado es aliviarla o prevenirla, y siempre con resultados muy limitados. Tal es el caso de sustancias como la amantadina y sus derivados, o la vacunación específica estacional. Esta última con resultados muy desiguales, debido al hecho de que el virus gripal se caracteriza por su rápida y pertinaz mutación, lo que le hace sumamente escurridizo a la acción de las vacunas. Pero estos “detalles” de la “medicina oficial” no son impedimento para el oscillococcinum, que tras “equilibrar la fuerza vital del organismo produce una inmunización homeo­ ­ pática que acaba con el pernicioso virus sin importar mutación que sufra o cepa a la que pertenezca”. Lo curioso de la sandez que acabo de decir (en el entrecomillado) es que hay médicos formados científicamente que se la creen, lo que pone en duda el sistema educativo universitario y la integridad neocortical de algunas personas.

Si, por otra parte, fuera cierta la efectividad antivírica que se le atribuye al oscillococcinum, no sólo los laboratorios homeopáticos, sino el resto de la industria farmacéutica se hubiera hecho cargo de esa maravillosa sustancia para comercializarla y, así, ganar suculentos dividendos (el capital no hace ascos ni a la Homeopatía ni a cualquiera otra de las Pseudomedicinas si ellas reportan los suficientes beneficios). Y no digamos nada del Ministerio de Sanidad, de la Seguridad Social y de las empresas que anualmente tienen que soportar ingentes gastos (en horas de trabajo perdidas, vacunas administradas y medicación sintomática utilizada) por culpa del virus gripal. A buen seguro que harían campañas para la utilización del oscillococcinum. Nos encontraríamos, en suma, ante un “boom” sin precedentes en la Medicina de nuestro tiempo. ¿No parece extraño que algo tan importante pase desapercibido a las entidades señaladas anteriormente y, lo que es peor, que al pobre y griposo autor de estas líneas no le produzca efecto cuando lo utiliza?

Homeopatía hoy

En la actualidad existe una fuerte presión por parte de laboratorios y médicos homeopáticos, tanto en nuestro país como a en el resto de Europa, por obtener el reconocimiento del sistema desarrollado por Hahnemann en el siglo XIX para el tratamiento de la enfermedad. Las presiones del lobby homeopático son, curiosamente, a nivel político tratando de saltarse los controles de calidad científicos (Wim Betz, 1995, comunicación privada). Hay que señalar que los medicamentos homeopáticos no cumplen los mismos controles que los fármacos —aunque se distribuyan como tales—, siendo este doble rasero lo que permite la aparición de engaños y fraudes como los denunciados por el National Council Against Health Fraud (William Jarvis, 1995). Así, la FDA norteamericana no exige a los productos homeopáticos la eficacia comprobada que se exige a otras drogas. El creciente poder que va adquiriendo la industria homeopática —cuyos productos son bastante caros, lo que reporta pingües beneficios— permite que se evite la discusión científica y se pase directamente a la busca de un reconocimiento legislativo —que se viene observando desde hace algunos años en la Unión Europea—.

La razón a tal comportamiento estriba en los principios cardinales en que se asienta, y que incluyen que (1) la mayoría de las enfermedades son causadas por un desorden infeccioso llamado psora; (2) la vida es debida a una fuerza espiritual que directamente determina la salud del cuerpo; (3) toda sustancia capaz de provocar ciertos síntomas en el hombre sano es capaz de curarlos en el hombre enfermo, y viceversa, para curar una enfermedad cualquiera es necesario utilizar una sustancia medicinal capaz de originar sus mismos síntomas (Ley de la Analogía); (4) las sustancias curativas son tanto más efectivas cuanto más diluidas se encuentran, dilución que no puede realizarse de cualquier manera sino de una forma muy particular —potenciación— (Ley de las Diluciones Infinitesimales). Estos principios, establecidos por Hahnemann y que son aceptados como dogmas por los homeópatas, contradicen abiertamente los principios de la física, la química, la farmacología y la patología. La homeopatía tiene todas las características de una secta —según el DRAE “conjunto de seguidores de una parcialidad religiosa o ideo­ lógica”— y de un culto —“honor que se tributa a lo que se considera divino o sagrado”—. En ningún momento los homeópatas han planteado una revisión de los principios establecidos por su fundador, a quien profesan un fervor casi religioso. La homeopatía, fundada cuando la práctica médica consistía en  sangrías, purgas, vómitos y la administración de drogas altamente tóxicas, no ha evolucionado. Las ideas básicas de Hahnemann no han sido analizadas, revisadas o expurgadas a la luz de los nuevos descubrimientos que se han ido realizando en el campo de la biología, la bioquímica, la patología o la química. Atendiendo a la historia de la medicina, es muy sospechoso que los principios homeopáticos no hayan sido puestos en tela de juicio y se los considere casi como leyes fundamentales de la naturaleza.

El componente mágico de la homeopatía

El problema de fondo es que se confunde la Medicina Clínica con el conjunto de la Medicina. La Medicina Clínica es puramente práctica; no es una ciencia sino una serie de técnicas destinadas a tratar la enfermedad que se encuentran subordinadas a la Patología y otras ciencias básicas. Por eso el médico clínico no necesita conocer ni la estructura ni el mecanismo de acción de los diferentes fármacos para administrarlos. Esto lo convierte en un blanco perfecto para terapias que no poseen un sustrato teórico bien fundamentado o, simplemente, que carecen de él, como es el caso de la homeopatía. Su comportamiento puede resumirse en la frase ‘lo uso porque funciona’. Por eso, los ‘éxitos’ de la homeopatía son clínicos, no patológicos. Su anatomía, fisiología y patología son divagaciones de carácter mágico. Su eficacia se reduce a casos muy concretos donde las causas de tal éxito no han sido claramente dilucidadas. Uno de los argumentos utilizados es que si un determinado experimento da resultados positivos, entonces la homeopatía en su conjunto es cierta y, por ende, también su causa explicativa. Pero no puede darse este discurso lógico y el experimento no dejará de ser un mero dato empírico hasta que no se haya desarrollado una explicación del mecanismo que lo ha provocado. Y es aquí donde entra en juego la energía vital de Hahnemann que los homeópatas modernos han rebautizado con el nombre de ‘potencial reactivo del organismo’.

El vitalismo era, en el siglo XVIII, una de las maneras de entender la enfermedad. La otra era el descriptivismo. El debate del vitalismo ha sido una constante en la historia de la biología y es el fundamento último de muchas de las nuevas terapias que han ido surgiendo a la luz de ideologías tales como la Nueva Era. Para Hahnemann, la fuerza vital “sostiene todas la partes del organismo en una admirable armonía vital” (Organon, nº 9) y “desde el momento en que le falta la fuerza vital, no puede sentir, ni obrar, ni hacer cosa alguna para su propia conservación” (Organon, nº 10). “Sólo la fuerza vital desarmonizada es la que produce las enfermedades... Por lo mismo, la curación... tiene por condición y supone necesariamente que la fuerza vital esté restablecida en su integridad y que el organismo entero haya vuelto al estado de salud” (Organon, nº 12). Los homeópatas modernos no pueden presentar este discurso de su reverenciado maestro, por lo que trastocan los términos y los rebautizan con palabras asépticas semánticamente pero que poseen la misma carga ideológica. Pues el resultado es claro: sin estos principios la homeopatía se esfuma. Así explica un homeópata británico el vitalismo de su disciplina: “Hahnemann... es... un niño en la era moderna de la ciencia natural, un adepto en la química de su época... Pero todavía puede mantener la firme convicción de que una entidad vital inmaterial anima nuestro organismo hasta la muerte cuando puras fuerzas químicas prevalecen y lo descomponen... Esta entidad vital que él caracteriza como inmaterial, espiritual, y que mantiene sana la armoniosa totalidad del organismo, puede ser influenciada por causas dinámicas. ¿Cómo intenta Hahnemann clarificar esta idea? Llama la atención sobre fenómenos como las influencias magnéticas, la luna y las mareas, las enfermedades infecciosas y quizá la más importante influencia de las emociones e impulsos de los deseos en nuestro organismo” (Twentyman, 1982) Un texto muy poético pero totalmente absurdo.

Legislacion sobre homeopatía

En la actualidad, la legislación española regula los medicamentos homeopáticos a través de la ley del medicamento (25/1990) y el Real Decreto 2208/1994 sobre medicamentos homeopáticos de origen industrial.

De acuerdo con la ley del medicamento, todos los productos homeopáticos quedan divididos en tres grupos:

1.- Medicamentos de origen no industrial, fabricados como fórmulas magistrales o preparados oficinales.

2.- Medicamentos homeopáticos de fabricación industrial y especificidad terapeutica.

3.- Medicamentos homeopáticos de fabricación industrial sin especificidad terapéutica.

El primer grupo, formado por los medicamentos preparados de forma específica por un farmacéutico para un paciente concreto, de acuerdo con las indicaciones del facultativo, son los únicos realmente homeopáticos, en base a la doctrina homeopática de Hahnemann. Los preparados homeopáticos de fabricación industrial están, en principio, reñidos con la teoría homeopática, que sostiene que la diagnosis debe realizarse en función de los síntomas, que son de alguna forma “personales e intransferibles”. Confeccionar, pues, un preparado de carácter genérico destinado al tratamiento de una afección concreta no tiene sentido, como ya hemos analizado en capítulos anteriores.

De acuerdo con la legislación, no obstante, este tipo de preparados “personalizados” deben cumplir los mismos requisitos que el resto de las fórmulas magistrales; a saber: realizarse de acuerdo con las prescripciones de un facultativo, y con la manufactura o supervisión de un farmacéutico. La única diferencia que se permite es que la fórmula y metodología utilizada sea conforme al Formulario homeopático recogido en la Real Farmacopea Española, pero siempre bajo la supervisión y responsabilidad del facultativo y del farmacéutico.

En lo que respecta a los medicamentos homeopáticos de fabricación industrial e indicación terapéutica, es decir, aquellos fabricados y comercializados para combatir una enfermedad o síndrome concreto, la ley establece que se regulen a todos los efectos bajo los mismos presupuestos que las especialidades farmacéuticas, en lo que respecta a restricciones, controles, registros y comercialización.

Es aquí donde encontramos algunos problemas entre la legislación y la realidad. Para las especialidades farmacéuticas, tanto la ley del medicamento (25/1990) como el Real Decreto 767/1993 sobre evaluación y autorización de los medicamentos, establecen claramente que deben ser eficaces para las indicaciones terapéuticas para las que se ofrecen. (ley 25/1990, art. 10, 1-b).

Sin embargo, todavía no existe ningún estudio clínico serio y concluyente que avale la eficacia de los productos homeopáticos.

Por otro lado, la autorización de una especialidad farmacéutica exige la presentación, entre otra documentación complementaria, de estudios referentes a la toxicidad, farmacodinamia y farmacocinesis de dichos medicamentos. Ninguno de estos aspectos puede ser referido en un medicamento homeopático. La toxicidad es nula siempre, salvo que proceda del excipiente. La farmacodinamia y la farmacocinesis de los productos homeopáticos se desconoce por completo, tal como hemos explicado anteriormente. Es imposible estudiar la evolución, asimilación y eliminación por parte del organismo, ni la interacción con el mismo de ninguna sustancia activa, pues los medicamentos homeopáticos carecen de sustancia activa alguna.

De aquí podemos concluir que, siendo estrictos con la ley, no es posible la fabricación industrial y comercialización de productos homeopáticos con especificidad terapéutica.

Si tales productos fueran registrados en otra categoría industrial distinta de la de las especialidades farmacéuticas, podrían ser comercializados, ya que en tal caso sólo se exigiría su no peligrosidad, pero deberían comercializarse sin especificidad terapéutica alguna, ya que ésta es exclusiva de las especialidades farmacéuticas autorizadas.

El último grupo de medicamentos homeopáticos está formado por aquellos de fabricación industrial sin especificidad terapéutica. Estos productos están expresamente regulados a través del Real Decreto 2208/1994.

Realmente, su categoría industrial y sanitaria coincide con la de los productos dietéticos o cosméticos, es decir, aquellos controlados por la Dirección General de Farmacia y Productos Sanitarios, pero que no son especialidades farmacéuticas. Sin embargo, en este caso la ley establece un espacio intermedio entre ambas categorías, reservado a estos productos de pretendida capacidad terapéutica, pero sin una indicación concreta. Se les exigen, por un lado, todos los controles sanitarios pertinentes que garanticen su inocuidad. En lo que respecta a etiquetado, sus condiciones son casi idénticas al caso de las especialidades farmacéuticas, con el añadido de indicar expresamente en el envase los términos “Medicamento homeopático” y “Sin indicaciones terapéuticas aprobadas”.

Lo curioso de estos medicamentos es lo que se refiere a composición y controles de eficacia.

Por un lado, con el fin de garantizar la inocuidad y seguridad del preparado, se exige que la máxima concentración de tintura madre en el preparado final sea 2CH, o una parte en 10.000. Eso permite que no sea necesaria la prescripción facultativa en ningún caso, pues la presencia de cualquier sustancia activa es insignificante, pero supone que el legislador da por hecho que la presencia de sustancia activa alguna es irrelevante en el preparado.

Por otro lado, en lo que respecta al control de eficacia, el decreto establece expresamente que “se aplicarán los criterios generales y se seguirá el procedimiento administrativo establecido en el Real Decreto 767/1993, de 21 de mayo, excepto los que se refieren a la demostración de la eficacia terapéutica”.

Es decir, que se puede fabricar y comercializar un preparado homeopático sin tener que justificar que sirva para algo, o incluso siendo conscientes de que no sirve para nada.

Sencillamente, se trata de una forma de permitir la existencia de tales medicamentos, con un estatus particular distinto de cualquier cosmético, pero exigiéndole los mismos controles sanitarios. Si se les exigiera la misma eficacia que a las especialidades farmacéuticas, habría que prohibirlos por ineficacia. Si se los asimilara a los productos cosméticos o dietéticos, no tendría sentido su existencia comercial como “paramedicinas”. Sin embargo, es ése y no otro el espacio que le reserva en este momento la legislación vigente.

La homeopatía funciona

Son muchos los casos que se cuentan de diagnósticos errados por parte de médicos titulados, que posteriormente han sido corregidos por terapeutas alternativos, y entre ellos los homeópatas. Igualmente, son muchos los casos de supuestas curaciones de enfermos crónicos o desahuciados, por parte de los homeópatas. Entrar en una análisis concreto de cada uno de estos casos es imposible, pero se pueden realizar una serie de comentarios generales al respecto.

En primer lugar, toda esta casuística no ha sido ni está siendo examinada por medio de un control estadístico serio, por lo que la mayoría de los casos que se citan tienen como única fuente el propio testimonio de los pacientes supuestamente curados. Esta dinámica es muy frecuente en todo tipo de terapias no aprobadas oficialmente, y ha sido repetidas veces causa de polémica.

Fue el caso de los magnetizadores de agua, cuya publicidad inundaba los medios de comunicación con testimonios personales que avalaban su validez. Desde el primer momento, particulares y entidades como ARP estuvieron denunciando este abuso en medios de comunicación y ante oficinas de consumidores. Estas últimas tardaron más de un año en poner el caso ante los tribunales, casi con el único argumento de la publicidad engañosa, y el fallo jurídico se dictó cuando las principales sociedades comercializadoras habían sido disueltas ("la mentira tiene piernas cortas", se le descubre RAPIDO, F. Briones).

Otro caso polémico basado en testimonios personales y avalado por los medios de comunicación fue el del supuesto médico Stephen Turof, quien realizó gran número de curaciones por imposición de manos ante las pantallas de Tele 5 en un programa emitido en verano de 1993. Una de las pacientes había sido supuestamente curada de un glaucoma, y así se declaró en el programa. Posteriormente se demostró la falsedad de tal afirmación, y casi todos los medios se hicieron eco del caso, denunciando el bochornoso espectáculo ofrecido por el programa y el canal televisivo que ampararon la emisión.

Cuando sólo existe ese tipo de argumentos, hay que ser muy cauteloso y crítico a la hora de examinar la veracidad de las afirmaciones.

Otro elemento a reseñar es el ya mencionado  anteriormente. La existencia de un diagnóstico equivocado por parte de un médico de la sanidad pública, que sea luego corregido por un homeópata, sea o no médico titulado, no es un argumento a favor de la homeopatía como disciplina médica, sino en todo caso un argumento a favor de ese terapeuta en concreto, y sobre todo en contra del médico que erró el diagnóstico. Pero ese problema debe ser analizado y resuelto desde otra perspectiva, por la autoridad competente y de acuerdo con los mecanismos de regulación interna dentro de la sanidad pública y de la organización médica colegial. Quizá sea en este punto donde haya que examinar los riesgos de la actitud de corporativismo, muy extendida entre la clase médica en el caso de errores de diagnóstico y errores clínicos, pero ése es un trabajo que dejamos para quien tenga competencia en ello.

De acuerdo con los defensores de la homeopatía, su terapia ataca a la causa profunda de la enfermedad, mientras que la medicina alopática u oficial es meramente sintomática. Esto sería en el mejor de los casos una verdad a medias, si suponemos que la verdadera causa de las enfermedades es un desequilibrio en la energía vital, energía ésta que nadie sabe dónde radica ni cómo fluye. Y digo que es una verdad a medias, porque la medicina científica utiliza, en ocasiones, tratamientos sintomáticos, pero no únicamente. Los distintos tipos de tratamientos se recetan en función del tipo de afección, de su gravedad, del conocimiento empírico y científico de sus causas y del de sus posibles remedios.

Pero si partimos del hecho de que la causa de las enfermedades no es un desequilibrio en la energía vital, sino que su origen está en agentes patógenos externos o disfunciones concretas de determinados órganos o sistemas, debidas a causas concretas, independientemente del conocimiento que se tenga de ellas, comprobaremos que no es la medicina científica sino los tratamientos homeopáticos los que actúan de manera puramente sintomática.

En primer lugar, de acuerdo con los principios homeopáticos, el diagnóstico de una enfermedad se realiza en base a sus síntomas, y no a sus causas primeras. Además, los tratamientos son de por sí altamente indefinidos. Van orientados normalmente a determinados cuadros sintomáticos o a molestias indefinidas de carácter crónico.

En cuanto a los cuadros sintomáticos, sin infección conocida o definida, se trata por lo general de procesos con un ciclo temporal de evolución  breve y conocido, y que depende básicamente del sistema inmunológico. En otros casos, estos cuadros responden a problemas psicosomáticos, de carácter depresivo o ansioso, cuya solución puede no depender en absoluto del producto homeopático en cuestión. Es además muy frecuente en este tipo de procesos que el paciente simultanee el tratamiento farmacológico con el homeopático, en la creencia de que el segundo acelera y potencia el efecto del primero, y atribuyendo posteriormente la curación al homeopático, en el cual tiene mayor confianza.

Por lo que se refiere a los problemas crónicos, éstos afectan por lo general al ciclo del dolor. Suele tratarse de problemas en las articulaciones, afecciones reumáticas y similares. Resulta frecuente en estos casos, sobre todo en dolores prolongados por golpes o distensiones musculares, que el médico haya recetado al paciente algún analgésico más o menos fuerte, que le produzca problemas gástricos y una sensación de cansancio y decaimiento. Si, en esta situación, abandona el tratamiento para seguir uno basado en productos homeopáticos, el solo abandono del analgésico elimina la sensación de apatía, hecho que influye positivamente en la ruptura del ciclo del dolor, máxime si el paciente cree en el beneficio del producto homeopático suministrado.

Todos estos casos, igual que otros muchos estudiados a fondo y que no superan el índice estadístico atribuible al efecto placebo, suponen ejemplos de curaciones o mejorías perfectamente explicables sin necesidad de suponer una relación directa entre las mismas y el producto homeopático suministrado. Es decir, no es necesario suponer ni exigir que el producto homeopático tenga por sí mismo capacidad farmacológica ni produzca efecto fisiológico alguno.

Las pruebas a la homeopatía

Como todas las pseudomedicinas, la homeopatía no presenta ninguna prueba de sus teorías, mecanismos o hipótesis explicativas. La que más se acercó fue la del ‘caso Benveniste’ ya comentado. Las pruebas que manejan los homeópatas son ensayos clínicos y no experimentos de laboratorio o pruebas experimentales. Los únicos capaces de establecer una relación causa-efecto son estos últimos. Los ensayos clínicos sólo muestran correlaciones estadísticas y tienen un carácter probabilístico. En ocasiones pueden indicar por dónde puede ir la causalidad, pero no la demuestran. De hecho, las correlaciones estadísticas son  reversibles: que un ensayo clínico muestre que la alergia desaparece tomando cierto preparado homeopático también puede interpretarse como que los que se curan de la alergia tienden a tomar ese preparado. Evidentemente, estamos analizando una cuestión puramente metodológica. Aunque la conclusión anotada pueda parecer descabellada, estadísticamente hablando es igual de válida. Sólo se establece la relación causal con el estudio de laboratorio. De hecho, las correlaciones pueden aparecer aunque no haya relación causa efecto entre los fenómenos estudiados. Es famoso un estudio que encontró una correlación entre el número de cigüeñas presentes en ciertas ciudades europeas y la tasa de nacimientos. A mayor número de cigüeñas, más nacimientos. ¿Debemos deducir que son las cigüeñas las causantes del aumento de la natalidad? Los homeópatas no pueden aducir como prueba de la validez de su creencia meros ensayos estadísticos. Por otro lado, se han realizado metaanálisis sobre diferentes pruebas homeopáticas, siendo el más reciente  Kleijnen et al, 1991 (Brit. Med. Journal) Aunque se encontró que 96 de los 107 trabajos analizados daban la razón a los presupuestos homeopáticos —todos ensayos clínicos— la evidencia “no es suficiente para establecer conclusiones definitivas por la baja calidad metodológica de los ensayos y por el papel desconocido que ha podido jugar el sesgo de las publicaciones” —hay que mencionar que casi todos fueron publicados en revistas homeopáticas—. Aun así concluyen que es legítimo seguir investigando la homeopatía. El problema de estos metaanálisis es que hacen aparecer efectos significativos y, por tanto, merecedores de consideración, al agrupar  estudios clínicos poco significativos, de evidencia poco convincente y de débil argumentación. Lo cierto es que un conjunto de evidencias poco fiables sigue siendo poco fiable. Por otro lado, estudios publicados en The Lancet o en el British Medical Journal, aunque positivos, presentan resultados poco significativos. Tienen todas las características de lo que Irvin Langmuir definió como Ciencia Patológica.

Otro argumento en defensa del “funcionamiento” de la Homeopatía viene dado por la suposición de que, en los estudios realizados con animales, no es posible la manipulación ni el efecto placebo. Sin embargo, lo cierto es que dichos estudios son tanto o más manipulables que los efectuados en humanos, y que el efecto placebo es perfectamente constatable y reproducible en los animales. Además, no debemos olvidar lo molesto que es indagar en los sueños y otras intimidades de las vacas (“locas” o “cuerdas”), las ratas, los conejos o los perros, algo absolutamente indispensable en los diagnósticos homeopáticos y sus consiguientes tratamientos (veterinarios, obviamente). Por último, recordemos la taxativa prohibición de Hahnemann sobre la experimentación con animales, lo que invalidaría, desde un punto de vista estrictamente homeopático, cualquier estudio de este tipo. Respecto de los ensayos realizados con niños, podíamos decir cosas similares, por lo que no aburriremos al lector con los mismos argumentos.

La homeopatía tiene un fundamento mágico —la fuerza vital—, sin base experimental alguna y contradictoria con los fundamentos básicos de otras ciencias perfectamente establecidas. Sus razonamientos son circulares y es una práctica automantenida: no necesita del resto de los conocimientos científicos para  funcionar. Sus defensores utilizan con profusión la falacia ad hominem y presentan lo limitado del conocimiento científico como coartada, pero parasitando los nuevos conocimientos y descubrimientos realizados para justificarse. De hecho, la homeopatía no ha producido ningún avance significativo en el tratamiento y/o curación de ninguna enfermedad, ni ha provocado ningún nuevo concepto teórico de cierto peso. Se encuentra enclaustrada en los mismos principios declarados dogma de fe por su fundador y maestro. En algunos casos los homeópatas llegan a verse como perseguidos, invocando las figuras de Galileo o de Servet como argumento en favor de su postura. Acusan a los críticos de intransigentes y de inquisidores simplemente por señalar las graves inconsistencias que se han visto en este informe.

Un problema de método

Caben ahora algunas preguntas. Aun suponiendo que las curaciones atribuidas a la homeopatía se puedan explicar al margen de la propia esencia teórica de esta disciplina, si los tratamientos homeopáticos no conllevan efectos secundarios ni iatrogenias, ¿por qué suponen un problema? ¿no se puede dejar que existan sin más?

Ante estas preguntas, caben dos comentarios. En primer lugar, aunque no sean demasiadas, sí se han descrito iatrogenias en tratamientos homeopáticos. Así, por ejemplo, en el verano de 1992 saltó a la prensa la noticia de que 21 argentinos fallecieron como consecuencia del consumo de un producto homeopático, un jarabe elaborado a partir de Propóleos, y comercializado por el laboratorio Huilen (NO ES HOMEOPATIA, ¡informence!, F. Briones). En aquel caso, el Propóleos había sido disuelto en etilenglicol, en vez de serlo en etanol. El etilenglicol es letal.

Por otro lado, resultan muy frecuentes los casos de enfermedades graves ante las que el paciente, preocupado o molesto por una falta de mejoría, acude al médico alternativo abandonando el tratamiento prescrito inicialmente. Cuando más tarde, en ausencia de mejoría o tras una recaída, vuelve a su médico de cabecera o al especialista, el abandono del tratamiento ha resultado crucial, y se ha perdido un tiempo precioso. Esta pérdida de tiempo, en algunos casos, puede resultar fatal.

Pero, sobre todo, el problema de aceptar oficial o socialmente la homeopatía, conlleva serios problemas metodológicos, científicos y médicos, que a la larga pagaremos todos. El problema se puede plantear de la siguiente forma: Mantener terapias sin base científica, como la homeopatía, y aceptarlas como válidas, es un grave error metodológico dentro de la investigación científica, que puede suponer un freno y un retraso grave en dicha investigación, e implicar a la larga grandes sumas en inversiones y subvenciones. Ya ocurrió con la unidad 200 del INSERM francés, así que no es algo nuevo ni descabellado.

La aceptación de la homeopatía supone un error metodológico, incluso si consigue curaciones, o precisamente más aún si consigue curaciones. Si, ante determinados problemas como los mencionados en el apartado anterior, y a los que la homeopatía puede proporcionar soluciones satisfactorias, suponemos que este tratamiento es el correcto, bloqueamos un área muy amplia e importante de la investigación médica, como es el estudio de los mecanismos del dolor, de la conexión psicosomática, de los mecanismos de influencia de la mente y el estado anímico en los procesos curativos y en la activación y bloqueo de determinadas funciones fisiológicas, neurofisiológicas o endocrinas.

Un ejemplo

En un estudio científico, y siendo rigurosos con el método —aunque sólo en parte— podemos establecer  una teoría acerca de la combustión de los cuerpos. Podemos tomar un tronco de pino, y observar que arde con facilidad. A continuación, podemos hacer lo propio con un lapicero, con un poste telefónico, con un bate de béisbol, una chapa metálica y un ladrillo. Una hipótesis perfectamente aceptable de acuerdo con esta primera experimentación sería suponer que todos los cuerpos cilíndricos arden, y los que no son cilíndricos tampoco son combustibles. Atribuiríamos así la capacidad de combustión a una cualidad puramente formal. El argumento es, como he dicho, válido en principio de acuerdo con la experimentación inicial, aunque no por eso deja de ser claramente erróneo.

Sin embargo, el método científico exige continuar con la experimentación y obtener una justificación clara y convincente que explique el fenómeno observado. De no hacerlo así, nuestra hipótesis puede seguir siendo válida durante algún tiempo. Si necesitamos combustible, podemos seguir cortando árboles y quemando bates de béisbol. Pero esta misma hipótesis se volverá absurda y peligrosa si, amenazados de morir congelados por una ola de frío, tenemos como única reserva en nuestro almacén tablones de pino rectangulares y postes metálicos.

Aceptar la homeopatía, incluso dando por ciertos sus éxitos clínicos, supone un error metodológico, porque su base teórica y formal es totalmente inaceptable, limita el avance experimental y teórico, y restringe la investigación a un campo puramente empírico sin garantías de éxito. El único camino aceptable científicamente consiste en analizar las supuestas curaciones obtenidas por homeópatas, todas las curaciones por efecto placebo y todas las remisiones espontáneas de enfermedades. A partir de ellas, indagar en los mecanismos fisiológicos que subyacen a tales curaciones, analizarlos y comprenderlos. Sólo con este método estaremos en el camino adecuado para comprender el íntimo funcionamiento del organismo, y para estudiar y conseguir nuevas técnicas terapéuticas rigurosamente científicas, que no necesariamente impliquen altas inversiones en investigación y comercialización de fármacos.

El argumento Robin-Hood

De acuerdo con la leyenda, Robin Hood, el rey de los ladrones, robaba a los ricos para dar a los pobres a quienes los ricos robaban y agobiaban con sus impuestos. Su figura era reivindicada por el pueblo, y no sólo aceptada, sino públicamente aclamada. Sin embargo, y aunque su actuación se pueda considerar como éticamente justificada, ningún estadista moderno aceptaría la estructura sociopolítica en la que surge y de la que surge el mito robinhoodiano.

Todos estarán de acuerdo en que el problema inicial radica en la estructura feudal y tiránica imperante en el entorno. Rota esa estructura y reconvertida en un sistema más justo, la figura de Robin pierde su sentido. Su actuación puede ser una solución provisional a un problema concreto de injusticia social. Pero, en cualquier caso, no es LA SOLUCION.

En el caso que nos ocupa, se acusa frecuentemente a la medicina oficial, especialmente a la sanidad pública, de ser impersonal y estar masificada, tal como hemos analizado más arriba. Ante ese problema, y ante el deseo por parte de los pacientes de ser, al menos, correctamente atendidos, surgen todo tipo de terapias alternativas. No hay que olvidar que, para muchos pacientes, especialmente los de carácter crónico, una necesidad fundamental es la de ser escuchados por un terapeuta que, de alguna forma, establezca una cierta empatía con ellos. En estos casos, consultas como la de un homeópata pueden ser, y de hecho son una solución a su problema concreto. Pero, en cualquier caso, ésta no es LA SOLUCION.

La aceptación

Respecto a la aceptación pública y social de la homeopatía, cabe analizarla desde dos perspectivas: la de los pacientes, y la de los profesionales de la medicina.

Por un lado, son varios los colegios médicos que se inclinan a regular la homeopatía como especialidad médica. Entre ellos habrá quien lo haga convencido de su validez como terapia. Pero no hay que olvidar que en esta decisión se pone en juego el enorme capital que mueven las llamadas terapias alternativas, tanto en consultas como en productos. Además, una vez regulada como especialidad médica, cualquier homeópata no licenciado en medicina podría ser denunciado por intrusismo profesional, cosa que hoy no ocurre.

Por otro lado, una gran cantidad de nuevos terapeutas alternativos son licenciados en medicina que, ante el oscuro panorama profesional que se les plantea, y teniendo en cuenta las pocas plazas disponibles en el sistema MIR con relación al número de titulaciones anuales, deciden realizar un breve curso sobre el tema en cuestión y montar su propia consulta, consiguiendo en poco tiempo pingües beneficios.

En cuanto a la actitud de los pacientes, el problema es aún más complejo. Sería preciso hacer estudios tanto de tipo psicológico como sociológico. Algunas ideas que nos ayuden a centrar el tema podrían ir por aquí.

1.- Existe en la sociedad actual un temor y una angustia creciente hacia problemas como el dolor o la muerte. Ante el dolor, la medicina científica no está siempre libre de “traumatismos”, y la analgesia y anestesia no siempre pueden ser absolutas. Las medicinas alternativas ofrecen siempre remedios inocuos, no contraindicados en ningún caso, sin efectos secundarios... Esto no siempre es verdad, pero siempre se vende así.

En lo que se refiere al miedo a la muerte, un paciente desahuciado se agarra a un clavo ardiendo, a cualquier persona o método que le proporcione una mínimas expectativas. Mientras la medicina científica evita garantizar una improbable curación, los terapeutas alternativos no rechazan normalmente este recurso, jugando con la esperanza y el dinero del paciente. Esto conduce a curiosas paradojas. En el caso de que suceda espontáneamente una improbable —que no imposible— curación, el paciente sanado atribuirá al curandero —u homeópata— su actual salud, reforzando la creencia de que el médico —aquél que le dijo que probablemente no sanaría— es un incompetente y un mal profesional.

2.- Aun inmersos en una civilización altamente tecnificada, vivimos en una sociedad mágica. Se teme a la ciencia y a la técnica, quizá porque no se las comprende, y quizá alarmados por las conclusiones de novelistas y cineastas de ciencia ficción. Se acepta con más facilidad lo inexplicable que lo explicable. Resulta más fácil creer que comprender. La diferencia básica entre la medicina científica y las terapias alternativas radica en su filosofía, más que en su efectividad. Estas terapias están íntimamente relacionadas hoy día con movimientos filosófico-espirituales, de carácter orientalista y “cósmico”, dentro de la llamada Nueva Era.

Por una parte, al menos desde el punto de vista científico, cuando la salud y la calidad de vida de una persona están en juego, no tiene sentido entrar en espiritualismos baratos. No estamos hablando de poesía.

Por otro lado, aunque no es el tema de este trabajo, todas estas técnicas, filosofías y movimientos espirituales promueven un modelo de sociedad irracional y anticultural. Influido por este modelo social, el individuo queda a merced de vanos liderazgos que la historia ha demostrado ser muy poco aconsejables para la humanidad.

Conclusión

La solución a los problemas que nos han llevado a esta situación debería ir encaminada a conseguir una medicina pública menos masificada y más humanizada. Debería encaminarse hacia un concepto que, capitalizado por los terapeutas alternativos, tampoco es original suyo: la medicina holística. Una medicina que trate al enfermo, y no sólo la enfermedad.

Estas tendencias deseables suponen un doble problema. Por un lado, exigen un incremento en la dotación presupuestaria a la sanidad pública, cosa que no siempre es posible por causas económico-políticas. Por otro lado, exige cierto cambio de mentalidad entre los profesionales de la medicina, o una reestructuración de su trabajo profesional. Los pacientes demandan un trato más general y personalizado, mientras los avances en la medicina científica exigen una cada vez mayor especialización por parte de los profesionales de la misma. Un proceso reduccionista dentro de la investigación médica no siempre es fácilmente compatibilizable con un ejercicio clínico holista.

Lo cierto es que no es fácil encontrar un método adecuado para conseguir el avance de la medicina científica, y el abandono de otras pseudoterapias, sin atacarlas frontalmente mediante recursos legales. La organización escéptica holandesa SKEPSIS estudió el tema y elaboró una serie de sugerencias al respecto, como punto de partida para un estudio más riguroso. Estas sugerencias son:

1.- No parece muy útil hablar directamente con miembros del Parlamento Nacional o del Parlamento Europeo, dado que muchos votantes de los Estados Miembros tienen todavía confianza en la homeopatía.

2.- Parece útil solamente acercarse a los presidentes de organizaciones tales como el Deutsche Forschungs Gemeinschaft o el Instituto Max Planck, siempre que este acercamiento esté avalado por una literatura válida.

3.- La legislación sobre medicamentos en los Estados Miembros debe seguir las directrices de la Unión Europea. Las actuales reglas son más tolerantes con los medicamentos homeopáticos de lo que se considera deseable en Holanda, pero dado que muchos Estados Miembros las aceptan, poco se puede hacer contra ello.

4.- Resulta útil recoger informes críticos sobre homeopatía, pero no se debe sobreestimar su efecto. Nos referimos, por ejemplo, a la excelente tesis sobre homeopatía de D.K. de Jong, que no tuvo posterior influencia.

5.- La publicación de los resultados satisfactorios que algunas personas creen haber tenido tras someterse a un método homeopático parece surtir más efecto en la comunidad que los artículos explicando que los productos homeopáticos no tienen efectos farmacológicos.

Han quedado presentados todos los elementos para el análisis, y ha quedado suficientemente clara la opinión de los autores y del colectivo al que representan. Cualquier decisión al respecto debe ser tomada por las autoridades políticas y sanitarias competentes, aunque la solución no es sencilla.

El único método perfectamente válido y deseable, como corresponde en un estado democrático, consiste en la formación e información del público en general quien, en su ignorancia, suele ser siempre el principal perjudicado.

Y, en cualquier caso, hay una idea que debemos tener siempre muy clara.

LA UNICA ALTERNATIVA A LA MEDICINA ES UNA MEDICINA MEJOR.

Bibliografía complementaria.

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Nota en torno a “Homeopatía, Último Balance” Victor J. Sanz. LAR nº 24. Bilbao, 1992

¿Es la homeopatía un fraude pseudocientífico? Miguel A. Lerma. LAR nº. 12. Bilbao, 1989

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